jueves, 3 de enero de 2013

Artículo sobre las nuevas producciones musicales


Escuela de Arte de Berisso
Materia: Arte y cultura en el mundo contemporáneo
Profesor: Menacho, Luis
Alumno: Pello, Ignacio
Trabajo: artículo periodístico sobre una temática relativa al arte en el mundo contemporáneo.
Título: “Las producciones artísticas en el siglo XXI (¿enfoque musical?). Internet y el total Desbande de los paradigmas estéticos: de esto ya se habló mil veces y contando, mientras lo estoy escribiendo ahora.”
Año: 2012




Las producciones artísticas en el siglo XXI (¿enfoque musical?). Internet y el total Desbande de los paradigmas estéticos: de esto ya se habló mil veces y contando, mientras lo estoy escribiendo ahora.
Por Ignacio Pello

A
sí como amengua la picardía de los sabios, admito que no sé escribir como corresponde. Carezco totalmente de poder de síntesis y esto es más un impulso que una declaración o una advertencia, porque tampoco tengo tan buenos modales siempre. Esto mismo que escribo es en este momento parte del objeto que analizo, y es que me persigue desde febrero la idea de las Cajas Chinas y así llamaré al disco de canciones, trece, que escribí en el noroeste argentino. Ahora puede que estas palabras así dispuestas engañen la vista y no se sepa la intención detrás de ellas, si es un ensayo, un artículo, un cuento, algo inefable, un trabajo práctico, una copia de algo que ya pasó, un espejo que habla de sí mismo o todo eso junto al mismo tiempo.
Hago canciones desde que tengo uso de razón. Sin decir mucho sobre lo que pueda anteceder a este hecho, digo que es algo que me pasa y punto. Encuentro en las canciones un hábitat ideal para que germine una buena cantidad de flora imaginaria que traspasa, en este momento en particular, de mis dedos a un teclado. Si entonces me pregunto por las raíces de esas plantas y yuyos y demás, me preparo para mentir sobre algo que sé bien que desconozco. Antes de esto, escribí más estructuradamente un artículo esquemático. Pero ahora me tercerizo, me aparto de mí, me hago el tipo objetivo que observa un panorama y me froto las manos antes de plagiar a Forn, un escritor que no conozco y del que apenas leí dos artículos como referencia a pedido de la cátedra y aclaro que el presente es un formato de ficción literaria. Los formatos (o macetas, canteros, analogía mediante, retomo y prosigo), son necesarios probablemente para que quien lea, comprenda. Sí, mi lado empático menos auténtico sale a la cancha por un segundo y me desentiendo de las formalidades de la consigna de un contexto terciario, de una materia, de un profesor y de compañeros interlocutores que llegado el momento de toparse con esto, le pongan arriba ciertas expectativas. Sobre todo en una carrera docente, donde el juicio y la evaluación de las cosas se nos recalca más indirecta que explícitamente. Bien, entonces, ese noroeste me despertó ciertas inquietudes combinadas con cosas como la que tengo enfrente ahora: una computadora con internet y los artículos que leí recién.
Este texto es la prueba de lo que pensé en su momento respecto de las identidades culturales y las producciones artísticas, mi identidad, mi cultura, mis producciones artísticas. Quien haya leído cualquier texto mío antes de este sabrá muy bien que ahí no encontrará este ritmo de lectura, este vocabulario, esta disposición de los conceptos, y que probablemente todo esté siendo procesado ahora por lo de este pibe Forn junto con los elementos previos en mi cabeza: pienso en las letras de las canciones que venía escribiendo, en que me parecían de alguna manera muy indefinidas, amorfas, pero aún así con un vislumbre de algo, como una bola de barro con pedazos de raíz que le sobresalen. Entonces me embarqué en escuchar, leer y ver otras cosas, y ese viaje reflexivo (y ahora lo pienso, en la clase anterior se hizo una analogía sobre los viajes y a la vez una muy práctica comparación con pros y contras incluidos, respecto de que serían las vacaciones), decía, me llevó a ir incluyendo otras cosas, no sé bien de dónde, pero sí, en las canciones primero, y después en los textos como éste que, POR DIOS NACHO, es imposible ponerles música (por ahora), y en los pensamientos que todavía no me da el cuero para escribir.
Tan es así que a causa de no poder usar el auto unos meses, me vi forzado a viajar en micro y contemplar a los demás viajantes que ocupaban los asientos de los colectivos 273, TALP, 202, 214 y 307, respectivamente, y pensé que también ellos atravesarían paisajes similares en sus cabezas, al leer, escribir y pensar, en cada semáforo, al bajarse, al sacarle una foto a un cerro, al subirla a Facebook, compartirla con un amigo que está en Londres, pero es de acá y poner abajo un link con un tema de Ricardo Vilca. Y que ese amigo también hace canciones y ese cerro y Vilca le pegan en el subconsciente mientras hace la cola para entrar a ver la última banda nueva de Damon Albarn en Glastonbury o viajando al Primavera Fest en España donde tocó El mató a un policía motorizado, que es una banda de acá de Barrio Jardín. Y ese amigo escribe una canción a partir de eso y la sube a un Soundcloud, o Bandcamp o algún otro soporte online y de casualidad me la encuentro porque escribí mal el nombre de un cantante que me recomendaron y entonces la escucho y pienso que la canción me suena de algún lado pero no sé bien de dónde, creo que me suena de todos lados a la vez (y esto es algo muy delicado que le está pasando a todo el mundo todo el tiempo, con todo lo que escucha, es una pandemia más grande que la gripe A).
Así también me sonaba una melodía mientras caminaba por una calle de tierra llamada Belgrano, en Tilcara, y a medida que me acercaba al galpón de donde venía la música que estaban tocando, más me daba cuenta que era una versión tilcareña de un tema de La Nueva Luna. Y miraba para adelante y veía las diabladas y a todos vestidos de colores y me acordaba de unos temas que una vuelta estando con los pibes nos tocó acá Sofía Viola, una tremenda cantautora de Remedios de Escalada que toca el ronroco y le dedica a Bolivia una canción increíble que se llama “Me han robado el mar”. Entonces me es tan pegadizo el ritmo de base que no puedo dejar de tocarlo en el ukelele que compré el año pasado, pero con acordes con más notas (bueno, no más de cuatro, claro) que me suenan a otra cosa, todavía no sé bien a qué. Pero me bastará con buscar en Google a qué tipo de escala pentatónica pertenece la melodía, o los acordes esos con sextas que me gustan y así para ponerle alguna etiqueta arriba.
Lo cierto es que ahora releo lo otro que tenía escrito que no era una ficción literaria como ésta, que llevé el miércoles pasado y que hablaba de dos perspectivas: que desde lo psicológico aparece mi voluntad, de actuar una vez que sé que las cosas que estoy pensando ya existían en la cultura y me debate entre ponerlas en juego igual o no y, desde lo sociológico, cómo juegan los entornos combinados, o sea, mis amigos, otros cantautores, lugares, mi formación, la de ellos, bandas, escritores, y muchas, muchas personas más con computadora que le pagan a Telefónica o Fibertel (o en Capital David paga Telecentro creo, que parece que es otra pero yo no la conozco). No me acuerdo bien qué era heteróclito, pero me suena familiar a este fenómeno.
Ah, sí, y a raíz de eso lo de los “nichos de mercado”, que, aparentemente significan ámbitos en que se desarrollan a nivel económico ciertos sectores de la industria cultural. Y sí, si esto fuera un relato de vivencias personales, que definitivamente NO lo es, diría: este año hemos trabajado desde la productora con centros culturales, bares, clubes, artistas de La Plata, Capital Federal, gran Buenos Aires, del sur, de Uruguay, etc. No  sé qué tan sustentable sea eso, pero fue evidente que en ciertas circunstancias la cosa se movió más que en otras. Y entonces me doy cuenta de que la tengo que traer de nuevo a colación a Sofía, justo ella que vino a La Plata muchas veces, llenó siempre, estuvo en el FIFBA en el bosque, en el preMICA, y si yo fuera un diario medio berreta, medio mediocre, diría que se convirtió en “fenómeno under”, porque además escucha El Otro yo y usa piercings y un corte de lope bien alterno. Pero bueno, la pondré en piloto como caso paradigmático y entre comillas pondré “paradigmático”. Y entonces ahora, me doy pie y salto mil trescientos escalones (el número ha sido aleatorio, confieso): la otra tapa del alfajor que me convoca a esta repostería literaria, viene por el lado de la perspectiva académica, del panorama histórico y su relación directa con los paradigmas estéticos (¿enfoque musical?). Sí, en un punto no tan lejano, se cruzan estas cosas. Divisiones de la cultura en académica o popular, mantener la harina en su costal. Y había escrito esto:
“(…) ver los períodos y su relación con el marco teórico, a saber: barroco (el blanqueo de la tonalidad), clasicismo (marco heptafónico), romanticismo (marco heptafónico extendido), post-romanticismo (pandiatonismo), música contemporánea (atonalismo, multiplicidad, liberación de la disonancia, apertura del Universal, blablabla…) y así llegamos al  2012, en que la bruma de internet, la globalización y el cambio climático cae a borronear la continuación de esta enumeración”[1]
Esto constituye la primera cita de este texto, la cual paradójicamente y sin pensarlo es una cita a mí mismo. Aunque en realidad, todos sabemos (vamos), que estas exactas palabras seguro las dijo alguien más, antes, pero no quiero googlearlas ahora para no perder la concentración, ya que esto es para mañana. Voy a aprovechar para meter, de sopetón las otras citas que venía acumulando en el texto largo que, a esta altura nunca será libro, o será uno muy corto y olvidable en la mesa de saldos de El Aleph de 49. Sería como un compilado para una sección que salía en la revista Gente o Caras o Noticias, o una de esas que compraba mi vieja en los ´90. Esta me gustó, es de Gerardo Gandini:
“Están los ingenuos que inventan la pólvora todos los días; los que hacen "experiencias" de improvisación ya probadas; los que pretenden hacer una música conceptual "a la criolla" sin haber experimentado el "cansancio de la cultura" que mezclado con la necesidad de seguir vendiendo su música hace que por ejemplo un compositor alemán se convierta en místico hindú o pase de la racionalización más extrema al dadaísmo más idiota sin solución de continuidad.” [2]

No obstante hoy, con lo extensa que está, el desafío de atravesar “el cansancio de la cultura”, probablemente deje exhaustas nuestras capacidades de pensar libremente y recaigamos en el alemán-místico-hindú. O si sabemos reutilizar esa energía (resignificar), aprendamos a llevarnos mejor con este hermoso desbande (o llámenlo como quieran). Esta es de Adorno y el otro:

“La civilización actual concede a todo un aire de semejanza (…) Las manifestaciones estéticas, incluso de los opositores políticos, celebran del mismo modo el elogio del ritmo de acero” “la unidad visible de macrocosmos y microcosmos ilustra a los hombres sobre su esquema de civilización: la falsa identidad de universal y particular”. Y respecto del medio, del canal, de la técnica “La racionalidad técnica es la racionalidad del dominio mismo”[3].

Y por último, para redondear, Foucault, mucho más introspectivo, más francés y más epistemológico:

“Todo límite (en la historia del pensamiento) quizá no sea sino un corte arbitrario en un conjunto indefinidamente móvil (…) ¿se tiene acaso el derecho de establecer, en dos puntos del tiempo, rupturas simétricas a fin de hacer aparecer entre ellas un sistema continuo y unitario? (…) La discontinuidad – el hecho de que en unos cuantos años una cultura deje de pensar como lo había hecho hasta entonces y se ponga a pensar en otra cosa y de manera diferente – se abre sin duda sobre una erosión del exterior, sobre este espacio que, para el pensamiento, está del otro lado, pero sobre el cual no ha dejado de pensar desde su origen”[4]

Todo esto es parte de lo que llamo en el título el “desbande de los paradigmas estéticos”. El mejor caso me pasó hace poco: un pianista francés de 20 años que estudió 10 en el Conservatorio de París, y que está estudiando no sé que en Capital Federal, llamado Louis, escuchó por internet una banda en la que toco, en la que descaradamente robamos canciones playeras indie y le pareció fresca, novedosa y no sé cuántas cosas más. El pibe toca desde nocturnos hasta jazz, pasando por un millón de músicas más. Y esto no es eclecticismo. Lo hicimos tocar en vivo y había un código en común que trascendía lo estético, lo intelectual, lo académico, el gusto de cada uno, y todas esas cosas y fue lo más normal del mundo. El Desbande.


Desvaríos finales: Un divago mar[5]

En fin, si este texto tuviera realmente un fin, didáctico o académico, o de entretenimiento o de simple reproducción de banalidades, y si yo tuviera una postura, y lo que pienso fuera congruente, y aun dudando de ello, fuera posible transmitirlo, me tomaría la libertad de llamar conclusiones a los párrafos finales, pero como no es el caso para nada, los llamaré grandilocuentemente y con mayúscula “Desvaríos Finales”. Entonces digo los Desvaríos:

Internet está buenísima, no importa su pasado, porque hay ya tanto pasado de las cosas en el mundo y es tan inabarcable que nadie tiene tiempo de ponerse a conocerlo a fondo. Podríamos vivir bien todos con memoria a corto plazo y ya.

Otra cosa colgada que me parece bien agregar porque en los pasillos de la villa se comenta: hace tiempo se dejó de hablar de la “originalidad” para hablar de la “autenticidad” como valor y, en este sentido, de la re-significación como recurso, técnica o herramienta para llevar a cabo una obra o producción artística “nueva”, sí o sí atravesada por toda la cultura global, desde Tilcara hasta Ginebra (Suiza, no la bebida).  Esta herramienta toma en cuenta al colectivo cultural y en lo ético, a la voluntad de uno mismo de cuándo pisar el acelerador o el freno. Sirve al menos esto como referencia de la existencia de una escala de valores, que igualmente es muy, pero muy, pero muy permeable y flexible. Mutante.

Las canciones nuevas que estoy haciendo, sí nuevas, más allá de las Cajas Chinas norteñas, las hago en este contexto: leyendo a la vez un libro de Foucault, uno de Almodóvar, la fotocopia de Horkheimer y Adorno, escuchando el disco de Tomás (que me parece que todo el tiempo le escucho algo nuevo) y a Terry Riley (que me parece que todo el tiempo le escucho lo mismo), viendo The Walking Dead mientras carga Community, sacando la suite n°1 para cello de Bach y el tango Malena de Troilo, preparando flyers para distintos eventos (algo que tendría que hacer un diseñador pero yo le estoy sacando trabajo y  eso es yerba de otro paquete) y muy cada tanto algo del folkloreishon, que es una palabra que me hace pensar que este Word está desactualizado porque me la subraya con rojo, y yo la vengo usando naturalmente desde hace rato, por lo cual es obvio que ya es parte del lenguaje, al menos del mío.

Creo así también, que la palabra paradigma no significa más lo que significaba cuando la aprendí fuera del secundario, en la primera cursada de Psicología y Cultura en la Educación con Miriam, en el CEM, allá por el lejano 2008.

Tres páginas de artículo (sin contar las citas y la gilada) están bastante bien, por ahora.

I.P.





[1] Pello Ignacio, trabajo inédito sin terminar, p. 2.
[2] Gandini, G. “Estar”, ponencia extraída del blog Consonanza Stravaganti.
[3] Adorno Theodor W. y Hoerkheimer Max, Dialéctica del Iluminismo, La industria cultural, Iluminismo como mistificación de masas, año desconocido, p. 147.
[4] Foucault Michel, Las palabras y las cosas, cap. III, p. 67.
[5] Canción de Lautaro Barceló, cantautor marplatense.

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