Los
inadaptaditos y el vendedor de incendios
Teníamos
todas las vacaciones del mundo. Todo el día en la calle, nos bajábamos la tarde.
Con Clara dábamos vueltas por ahí antes de volver a nuestra habitación y
escuchar horas enteras de bandas que no conocíamos. Y salir de noche a cazar
luciérnagas al fondo y dejarlas en el frasco, volando encendidas, con la luz de
la pieza apagada toda la noche. Dormíamos con el turbo apuntando al medio,
aunque a mí no me daba mucho viento y el calor me despertaba. Por ahí me daba
vuelta y nos veía a ella y a mí volando adentro del frasco, cantando
estribillos y tocando la guitarra con nuestras pequeñas luces prendidas,
esperando el fin de semana para ir a visitar a los primos. Yo le prometí que
cuidaría el cielo ese que mirábamos desde abajo del árbol de nísperos. Que me
subiría al techo de la casa para hacerlo, aunque estuviera viejo, y nuestros
festejos se hubieran quemado por completo. Que no me quedaría quieto. No se lo
dije, pero sé que sabe que se lo prometí.
Teníamos
todos los amaneceres del verano. Y los tirábamos por ahí sabiendo que volverían
como boomerangs, que mirábamos en la tele negra del comedor. Creo que ella más
tarde, pero yo entonces, vi que el boomerang volvió un día con un poco de fuego
en la punta y algunos recuerdos se habían quemado. Ya no supe más de qué color
la bici, ni qué gusto los Naranjús, pero otras cosas, chamuscadas, todavía
estaban. Y un día ya los amigos tampoco y horas de mirar una pared y ni un
regalo ni un cumpleaños más. Todo por lo del vendedor. Nosotros no entendimos
una palabra desde que llegó. Nunca le tuvimos confianza. Lo miramos fijo
bastante; él hablaba y hablaba y yo no entendía nada, pero estoy seguro de que
trataba de vendernos un fuego, que en verdad no necesitábamos o algo que no
podíamos pagar, o de quedarse con la casa. Le hablamos del boomerang y de cómo
se había ido quemando y se rió. Lo próximo que me acuerdo es despegarme la
remera transpirada de la espalda y levantar la vista para ver al tipo muerto. Acá
las noches son bastante húmedas y pesadas.
No
me acuerdo cuándo empezó a pasar el tiempo ni cómo se enterarían todos. Miré a
Clara en la foto de aquel día y luego observé a Don Emilio, el vecino de al
lado, sacar la F-100 y saludando mal y adusto, mientras salía arando, por calle
7. Creo que ya sabía lo que había pasado. Yo sentí una lluvia de flores y
revólveres que caían sobre mis manos y las balas saliendo en cámara lenta,
dando en su tanque de nafta y Don Emilio volando convertido en guiso y en
chatarra roja. Pero parpadeé al mismo tiempo y vi cuando nos devolvía la pelota
que se nos caía en su patio una tarde, hace estos diez años. Y no supe cuál
Emilio era. Me di vuelta, me metí rápido a casa y cerré con llave. Para este
momento los zorzales que cantaban ya eran los gorriones que cantaban. Es por lo
de las noches húmedas que los desorienta supongo. Igual, ya no distinguía si el
sonido venía de afuera o de adentro de mi cabeza. Quizá muchos vecinos como él no
conozcan el trastorno del estado crepuscular hípnico, la pérdida de estado de
vigilia y lo que eso provoca. Desde lo de los incendios del boomerang que leí
sobre esto. Ahí descubrí mi patología y otros casos menos interesantes pero
igual de ciertos. Tampoco me acuerdo bien cuándo fue que prendí la tele negra del comedor y daban la foto del cadáver
del vendedor y el esclarecimiento del caso. Y afuera ya venían, con los carteles
y algunas antorchas, creo. Caminaban por la calle y zumbaban largando humo negro.
Sí me acuerdo cuando entraron al jardín. Los vi pisar el pasto. Romper flores. Quemar
el árbol de nísperos. Comer los muérdagos. Y me vi apretando mi párpado
izquierdo y apuntando. Como luciérnagas apagadas no, más bien como tábanos o
directamente mosquitos, pero para qué el frasco. Y no se ayudaban. No se socorrían,
les gustaba más subir al techo a buscarme. Se espumaban sus bocas y se babeaban.
Y pestañeé, apunté y disparé en falso. Y bajé los párpados y mi respiro fue
hondo.
Me
senté en las tejas y pensé en Clara, en el cielo y en las cosas quemadas. Y lo
que me latía el corazón. Pité el cigarrillo, inflé la boca y un poco llorando le
ahumé los pies al vecino adusto del fierro en las manos, antes de que el golpe me
dejara ciego y no pudiera ver más nada.