jueves, 20 de diciembre de 2012


Los inadaptaditos y el vendedor de incendios

Teníamos todas las vacaciones del mundo. Todo el día en la calle, nos bajábamos la tarde. Con Clara dábamos vueltas por ahí antes de volver a nuestra habitación y escuchar horas enteras de bandas que no conocíamos. Y salir de noche a cazar luciérnagas al fondo y dejarlas en el frasco, volando encendidas, con la luz de la pieza apagada toda la noche. Dormíamos con el turbo apuntando al medio, aunque a mí no me daba mucho viento y el calor me despertaba. Por ahí me daba vuelta y nos veía a ella y a mí volando adentro del frasco, cantando estribillos y tocando la guitarra con nuestras pequeñas luces prendidas, esperando el fin de semana para ir a visitar a los primos. Yo le prometí que cuidaría el cielo ese que mirábamos desde abajo del árbol de nísperos. Que me subiría al techo de la casa para hacerlo, aunque estuviera viejo, y nuestros festejos se hubieran quemado por completo. Que no me quedaría quieto. No se lo dije, pero sé que sabe que se lo prometí. 
Teníamos todos los amaneceres del verano. Y los tirábamos por ahí sabiendo que volverían como boomerangs, que mirábamos en la tele negra del comedor. Creo que ella más tarde, pero yo entonces, vi que el boomerang volvió un día con un poco de fuego en la punta y algunos recuerdos se habían quemado. Ya no supe más de qué color la bici, ni qué gusto los Naranjús, pero otras cosas, chamuscadas, todavía estaban. Y un día ya los amigos tampoco y horas de mirar una pared y ni un regalo ni un cumpleaños más. Todo por lo del vendedor. Nosotros no entendimos una palabra desde que llegó. Nunca le tuvimos confianza. Lo miramos fijo bastante; él hablaba y hablaba y yo no entendía nada, pero estoy seguro de que trataba de vendernos un fuego, que en verdad no necesitábamos o algo que no podíamos pagar, o de quedarse con la casa. Le hablamos del boomerang y de cómo se había ido quemando y se rió. Lo próximo que me acuerdo es despegarme la remera transpirada de la espalda y levantar la vista para ver al tipo muerto. Acá las noches son bastante húmedas y pesadas.
No me acuerdo cuándo empezó a pasar el tiempo ni cómo se enterarían todos. Miré a Clara en la foto de aquel día y luego observé a Don Emilio, el vecino de al lado, sacar la F-100 y saludando mal y adusto, mientras salía arando, por calle 7. Creo que ya sabía lo que había pasado. Yo sentí una lluvia de flores y revólveres que caían sobre mis manos y las balas saliendo en cámara lenta, dando en su tanque de nafta y Don Emilio volando convertido en guiso y en chatarra roja. Pero parpadeé al mismo tiempo y vi cuando nos devolvía la pelota que se nos caía en su patio una tarde, hace estos diez años. Y no supe cuál Emilio era. Me di vuelta, me metí rápido a casa y cerré con llave. Para este momento los zorzales que cantaban ya eran los gorriones que cantaban. Es por lo de las noches húmedas que los desorienta supongo. Igual, ya no distinguía si el sonido venía de afuera o de adentro de mi cabeza. Quizá muchos vecinos como él no conozcan el trastorno del estado crepuscular hípnico, la pérdida de estado de vigilia y lo que eso provoca. Desde lo de los incendios del boomerang que leí sobre esto. Ahí descubrí mi patología y otros casos menos interesantes pero igual de ciertos. Tampoco me acuerdo bien cuándo fue que prendí  la tele negra del comedor y daban la foto del cadáver del vendedor y el esclarecimiento del caso. Y afuera ya venían, con los carteles y algunas antorchas, creo. Caminaban por la calle y zumbaban largando humo negro. Sí me acuerdo cuando entraron al jardín. Los vi pisar el pasto. Romper flores. Quemar el árbol de nísperos. Comer los muérdagos. Y me vi apretando mi párpado izquierdo y apuntando. Como luciérnagas apagadas no, más bien como tábanos o directamente mosquitos, pero para qué el frasco. Y no se ayudaban. No se socorrían, les gustaba más subir al techo a buscarme. Se espumaban sus bocas y se babeaban. Y pestañeé, apunté y disparé en falso. Y bajé los párpados y mi respiro fue hondo.
Me senté en las tejas y pensé en Clara, en el cielo y en las cosas quemadas. Y lo que me latía el corazón. Pité el cigarrillo, inflé la boca y un poco llorando le ahumé los pies al vecino adusto del fierro en las manos, antes de que el golpe me dejara ciego y no pudiera ver más nada. 

lunes, 8 de octubre de 2012


Retrato de una familia Monstruo

   Con un hambre lógico, después de 4 horas de viaje desde Mar del Plata, la familia se acercó a la cocina, tras haber bajado del auto, abierto la puerta de calle, pasado por el baño y depositado los abrigos en los percheros. Claudia dijo mientras buscaba el control remoto:

- Hay una fuente que dejó Fabiana, con papas y batatas en la heladera Oscar, fijate… sacalas y traelas a la mesa.

   El marido, resoplando y con parsimonia, mientras veía a su mujer mirar televisión de reojo, buscó en la pared, al lado de la cocina Domec blanca, la llave cromada del gas, donde siempre estaban colgados los repasadores y agarraderas para las fuentes calientes y tomó el repasador de toalla de 5 pesos que habían comprado en el chino la noche que se habían mudado a esa casa. Luego se acercó hasta la heladera con ese repasador en la mano derecha, a modo de guante protector. Llevó su mano izquierda hasta la posición de la manija y metió los dedos, como todos los días. Acto seguido tiró de ese pedazo de plástico gris, abriendo la puerta. Oscar buscó por reflejo en el estante de arriba de todo de la heladera la fuente que le había dicho su mujer que había dejado su cuñada. Y más allá de su total falta de observación, carcomida por años y años de hacer absolutamente todo por costumbre, algo lo perturbó un poco cuando se percató de que la luz interna que siempre se activa al abrir la puerta, nunca se prendió. Esa heladera tan cualunque, enchufada a esa pared de la cocina, tenía el interior totalmente oscuro.
   Aún así Oscar reconoció la fuente, o sea tampoco era que no se veía nada. Y así también, con la mano enfundada en el trapo, la sacó a la luz. Y lo primero que su cuerpo hizo al verla de cerca fue arquearse para atrás del olor a podrido que emanaba de ese objeto. Se arqueó frunciendo esa cara quincuagenaria con un espasmo. Y se volvió hacia delante de nuevo como rebotando, para verla otra vez, con el otro brazo tapándose la nariz y la boca y vio, en lugar de papas, esas viscosas lonjas escabechadas de color entre gris y amarronado, como babosas, con algunos puntitos blancos, que despedían un olor inmundo. A tres metros de él, desde una silla de las de la mesa del comedor, que formaba parte casi del mismo ambiente, Claudia se quejó:

- Mhmg… Oscar… ¿qué es ese olor? ¡Qué asco!
  
   Y mientras Claudia emitía este breve parlamento exclamatorio, un Oscar encorvado para adelante, de ojos apretados, salía al patio con la fuente en la mano y aún semi-tapándose la cara.
   En el patio había una quietud de esas que hay justo el momento antes de que llueva. Eran las siete de la tarde más o menos. Estaba todo el cielo cubierto y ennegrecido y sí, a lo lejos se veía algún que otro rayo. Oscar se quedó quieto a la mitad del patio esperando capaz la lluvia, para que lave esa fuente pesada y llena de repugnancia que secretamente no podía despegarse de la mano.
   Claudia, mirando cómo la luz de la heladera de pronto parpadeaba como en cortocircuito, como un flash, se sintió casi hipnotizada por ese titilar, mientras oía caer las primeras gotas. Miró entonces los frascos de mermelada y los de dulce y se dio cuenta de que despedían un silbido y un vapor de los bordes de las tapas metálicas, como pequeñas locomotoras estáticas. Un vapor blanco y espeso que se iba para arriba, hacia el extractor neumático de la heladera, por donde parpadeaba la luz.

- Claudia mirá esto -dijo Oscar desde el patio.

   Y Claudia se paró y salió al patio con la cara tiesa todavía y sin contestarle nada. Vio a su marido bajo una lluvia torrencial y lo miró a la cara empapada.

- Mirá para allá -dijo Oscar señalando a su izquierda. A dos metros de él y de esa lluvia densa, imponente y copiosa el piso estaba seco. El piso y todo el aire que había arriba. La lluvia estaba cayendo en un radio perfectamente limitado, como una pared de agua que dividía el exterior en dos partes.

   Ahí comenzaron atronadoras y así fueron sonando lo que al principio ambos pensaron que eran piedras, granizo. Pero tanto Claudia en la parte seca como Oscar bajo el diluvio, miraron hacia el piso y vieron como rebotaban violentamente las tortugas contra el cemento del patio, lleno de grietas, haciendo saltar chispas por todos lados.
   Oscar estiró su única mano libre para agarrar de los bordes del caparazón a una tortuga caída, quizá para examinarla. Comprobó con tristeza que la tortuga no estaría viva por mucho tiempo más: apenas movía los miembros y la cabeza.
   Claudia estaba con la vista perdida y colgada en los chispazos y tortugazos que caían en el cemento (y en el pasto del jardín de atrás también) cuando la vibración del celular la hizo volverse hacia la tierra, a su cuerpo y todos los segundos que tardó en sacarlo del bolsillo del jean fueron eternos y sintió cómo un calor descomunal se propagaba por su pierna, y le empezaba a arder. Al tocar el aparato se quemó las yemas de los dedos y aún a pesar de las quemaduras mantuvo su desesperado intento por deshacerse de él y finalmente lo sacó con la mano llagada y lo tiró al piso, a unos metros de distancia. El teléfono se prendió fuego en su estertor, deformando la melodía de su timbre de llamada al derretirse, y ardía con grandes fogonazos bajo la lluvia que apresaba a Oscar, con la fuente en una mano y la tortuga en la otra.
   Pedro, el menor de los hijos, los miraba desde adentro de la casa, tras la malla metálica de la puerta mosquitera, sorbiendo una taza de té y acomodándose esos grandes anteojos de marco negro que tan de moda le habían parecido a su madre cuando los compró. Y no podía evitar la obviedad de saber que algo realmente andaba mal pero aún así no nacía de su ser el más mínimo aliento de intervenir en la situación. Sólo se quedó ahí viendo como su padre estaba preso de la lluvia y su madre presa de todo lo demás. Se dio cuenta entonces de que no podía dejar de mirarlos y que, de alguna manera, el estaba atrapado también. Así se sintió cuando vio el borde de una tortuga rasante pegar de costado en el cráneo de su madre, abriéndole un gran tajo y salpicándole sangre de la herida en la blusa color crema.
   Pedro abrió más los ojos vidriados y contuvo la respiración, para prolongar y acentuar su silencio y estatismo. Veía que Oscar, sin embargo, gritaba inmóvil bajo la lluvia mirando al cielo, pero no le entendía una palabra. Pedro empezó a verse, como ensoñado, con su camisa escocesa y sus lentes enormes mirándose a sí mismo a la cara, en una imagen aovada como en un ojo de buey y se veía también hablar y sonreír como si supiera lo que estaba pasando, pero tampoco entendía lo que estaba diciendo. Y si bien sabía que nada de lo que estaba viendo se encontraba bajo los parámetros de lo que él consideraba la cotidianeidad de la familia, y pensaba que en ese momento nada salvo cotidianeidad debía estar pasando, tuvo otra corazonada, como la impresión de que alguien o algo estaba controlando todo. Pero eso no le importaba tampoco. Y lo tranquilizó pensar que él no podía hacer nada para evitar esa realidad. Pensó en qué tan a menudo se auto-complacía con esos trucos mentales y rogó que nadie le estuviera leyendo el pensamiento.
   
    Fernando, el mayor, salió liviano del baño después de 15 minutos meditabundos, con la revista del cable en la mano izquierda. Respiró hondo y se desperezó estirando los brazos por sobre la cabeza mientras pasaba por el costado de la mesa de madera, y se quejaba del volumen de la tele y sin mirar para la puerta mosquitera de la cocina que da al patio, tomaba el control remoto y cambiaba de canal buscando una película que le habían recomendado. Basada en un cuento de Sendak, creo.


Ignacio Pello
Texto basado en un sueño posiblemente inspirado en el cuadro “Mi almohada es un velero extravagante” (Refi, M.) y en 72hs de abstinencia de modafinilo.

jueves, 20 de septiembre de 2012

80 hojas rayadas

80 hojas rayadas

Mis renglones tienen cosas pegadas arriba, trato y trato de sacarlas y más y más complico la cosa, en todo este impulso se amontonan como hormigas en hilera interminable, en caudal desobediente. Nada de profundo hay, pareciera, en lo que veo, es decir, parecen breves y bastante inofensivas, no se muestran venenosas sino todo lo contrario, si me acerco a examinarlas se hacen cargo de sus formas.
Hoy algunas han tenido como un lapso inconexo: patas, mesas, sembradíos y colchones de instrumentos.
Aprovechan los momentos en que yo bajo la guardia y hacen engordar la panza de todos mis cuadernos, se acumulan tantas, tantas que ya no quedan renglones y aparecen sobre mesas, sembradíos y colchones.
Han tomado ya mi cuarto y otras partes de la casa, respirar se hace difícil porque me invadieron la cara, mi cabeza, cada pata de la mesa, son hormigas pero no de los insectos, son azules, negras, muchas con acento, de lugares en que estuve y otros que he imaginado. Me pregunto si siguieran por siempre apareciendo,
cuando ya no pueda verlas, en hojas de otros cuadernos, en renglones del futuro, ante nuevos inquilinos,
cuando ya haya pasado tiempo y no pueda yo advertirles del problema a los que vengan, los que tengan, indefensos, en sus manos el invento de una hoja con renglones.

09/08/2012 - 2:00 a.m.

sábado, 26 de mayo de 2012


Dificultades en la expresión hablada de un cantautor

Mi nombre es Arístides León Wilson de la Parra. Ringueletense nativo, uruguayo de vocación y cantautor de elección. La cuestión que cuestiono un poco sería el tema de arrancar hablando por el asunto con respecto a lo del ojo del poeta, de si uno tiene el ojo y la pluma del poeta o no. Como yo lo veo, la vista crítica sería, de la sociedad de lo que pasa acá en el río, que es el lado donde vivo yo, desde chico, desde muy pibe, y también un poco lo que cuestiono sería esto de qué tan importante es o sería esa referencia que me dicen tendría que haber de lo que hace uno para con el entorno, no? como si lo de adentro hubiera estado afuera antes no? porque bien, yo me pregunto,  ¿por qué contiene usted, usted como retóricamente, o sea no es que me refiera puntualmente a todos y cada uno de los que lean esto ahora, es decir yo escribo con un sustantivo generalizador o generalizante como por ejemplo “usted” o bien podría ser "señor de bien" o nada más "señor a secas" pero que haga el bien, y le pregunto eso: que porqué usted contiene o reprime con indiferencia, porque la indiferencia a mi me contiene, verdad? toda mi locura, mi frenesí que es algo para mí infrenable en sí, bien, mi desacato y mi no se qué cosa? de qué manera? Porqué? Lo pregunto en general, bien, pero, o sea, diría yo, yo no quería cuestionar quizá, bah, no sé si no quería, ya no estoy tan seguro de eso tanto, pero igual, o sea sí, sí quizá soy un poquito impulsivo y no entiendo el planteo y yo quería decirlo posta, de verdad al final, no sé... es decir, porque no voy a decir acá que usted miente (sigue siendo un usted así retórico que yo lo digo para hacerme una idea eh), pero simplemente es la sensación de que quizá yo debería decir algo, debería estar diciendo algo, cuando en realidad estoy diciendo otra cosa y no no, no no no sale de mi boca la cosa que esperaba y, este, claro por las dudas me callo para no quedar mal con usted y no decir algo quizás que… Tal vez la palabra “manifestar” será más propio que decir "decir", o contarle, siendo un poco más concretos, y yendo ya al carozo de la aceituna, digamos, que en mi arte yo manifiesto mi propia manifestación artística que consiste en, a ver... pienso una metáfora profunda... digamos que tengo una bolsa de amor y otros sentimientos oblicuos, acá, para dar, pero que nadie la quiere, no le interesaría a nadie digamos, o sea, qué hago con la bolsa? cómo la tiro al, a la calle, quién me creo para hacer tal cosa tan higiénica? un médico? nono, si la bolsa en sí no es gran cosa pero lo que hay adentro de la bolsa como que me llama la atención a mí, me "tira" como cuando dicen "la sangre tira", y no sé, sería una picardía, digo yo, si en este caso usted no considerara la posibilidad, perdón mi descortesía, de poder yo hacerla de manera cantada, de cantarla digamos, de alguna manera, sin ofender a nadie o sin querer hacerlo lo segundo... lo primero sí, cantar sí, lo otro de ofender no, bah, depende, pero en general no, esto sería básicamente lo de cantar, lo que intento describir en este acto no tan demasiado pensado y tan lleno de impulsividad, si es que existe la palabra, si se me permite... es eso lo que intentaba decir, no otra cosa ni lo mismo de antes, pero sí lo que estoy diciendo ahora, que es mi, un poco, mi imposibilidad de expresarme claramente de forma hablada u/o escrita, porque yo veo que no he cumplido con los requisitos acá del sitio oficial de la internét que llega tanto acá a los vecinos de la 14 como al Departamento de Maldonado, acá del Reglamento de Cantautores de Moda y No Tanto que Aspiran a Entrar en la Cultura y Afinen, y entonces sí, lógicamente, sería desacato, imprudencia y eso es algo que no querrán oír, naturalmente, porque para eso se inventaron las convenciones y las páginas y esas cosas, seríamos unos desorganizados bárbaros y… y ya me he extendido un poco digamos, no? Bah no era mi intención, pregunto, y pienso, es molestia lo que le causa ahora en los oídos, o mejor dicho en los ojos al que lee y escucha y por más buena voluntad que yo le vuelque en esta frase, hace como 3 minutos ya que me dejaron de escuchar, no? o sea 3 minutos que es, porque eso es lo que sería el límite formal tolerable estipulado por la C.A.U.T.O.T. (Cámara Argentino-Uruguaya de Tolerancia del Oyente Tolerante) y... pucha, se me fue lo importante que venía a decir, algo de las sensaciones, no fisiológicas (aunque podría ser también) y de una bolsa y no sé qué... una metáfora que se me desordenó un poquito y ahora es una enredo o/u enmarañamiento, para hablar con más propriedad en este tipo de foros cibernéticos, y… sí sí ya voy (me apuro a mí mismo vio), ya termino mi sermón, mi perorata, yo quería algo más onda liberal y libertino, como dicen los jóvenes, como cantar para sacar para afuera lo que pensé en mi casa anoche, después de ir al chino a comprar una cerveza, cuando pensaba que estaba estando en esta ciudad, que me ha hecho a mí todos estos años, me ha criado con la cultura, la popular o la platea o la que sea, y devolver, no en el sentido de regurgitar, sino de más como cuando te prestaron una remera y la devolvés sin lavar porque no te alcanza para el Laverap o no tuviste tiempo y te colgaste, y bueno le quedó un poco de olor tuyo, y siendo metafóricos y profundos como somos los cantautores, y sobre todo si hemos nacido acá en la ribera del río, pero capaz… capaz sin tener que nombrarlo mucho... eso, ahí está, eso es a lo que iba un poco, o sea enconvirtiéndonos en un espejo medio-medio, como medio borracho sería, borroso, que no reproduce tal cual lo que ves, que de pronto se pueda imaginar uno eso, porque ni moraleja traje, me olvidé sin querer me parece, y seguro que el mensaje también, o quizás se me mezcló en la mitad de todo lo anterior y habrá que releer un poco todo de vuelta para encontrarlo.

jueves, 26 de abril de 2012

El pan


El pan

El pan que la mañana le negó, de a poco a la semilla, al trigo, al campo y al frío del invierno, en la mañana que el sueño plantó con dedos, de la mano que sostuvo la herramienta y sacó la cuenta de los días que harían falta para dar al fin, con ese alimento, con el hermoso viento, en el momento de escribir toda la verdad en el cuerpo,
de mirar el sol o lo que hubiera en su lugar y así reconocer que el hambre es el motor, es el amor a lo perdido o a lo desconocido, las maderas que tronaban la noche anterior al día que el sol no salió, y la semilla también no, y así pasó, con el campo, con el trigo, las mañanas y el invierno, y la boca para siempre esperando el pan.

viernes, 17 de febrero de 2012

Diapositivas del Apocalipsis Nerd


Imágenes descritas en un diario a fines de 2008.


Día 1. 28/10/08

Cientos de cohetes abandonaron la travesía, ícaros y torres de babel aladas, toneladas de metal abriendo el espacio en dos.
Los venusinos habían predicho la tragedia: se hacían llamar "griegos" en la tierra, pero sus atuendos y sus costumbres bacanas no inspiraron piedad en la espada de los policías espaciales; la masacre cayó como un fruto por su peso.
Los hijos del tiempo sobrevivieron para traer el relato de su viaje a las calles del conurbano; andan encubiertos tras sus remeras rayadas y sus auriculares estéreo. Los usan para comunicarse con el pasado y reconocer y evitar a los guardianes del cielo. Aun los están buscando.
Ocultos en el barro escriben guiones para Hollywood, y furtivos, por las noches, bastardean a Santa Claus y se cuelan por las chimeneas de canciones rojas.
Las revoluciones nunca dejan de tramarse.



Día 5. 2/11/08

Uno tras otro los semáforos quedaban atrás, incendiados ante los ojos. La cinta de "Led Zeppelin IV" aullaba la reverb de Black Dog en los tímpanos de todos, como una ametralladora sónica y se enredababa con el grito mecánico del motor. El Mustang era uno con la oscuridad. La patrulla espacial estaba a las andadas, otra vez. Los aviones enemigos interferían el radio con mensajes codificados, la invasión era invisible, pero no silenciosa.
Códigos binarios.. números.. zumbidos cero y uno cero zumbidos cero uno y cero y zumbidoszumb ido s yel caos...
Un volantazo a la derecha, un escuadrón en el retrovisor, una espiral de humo en la ventanilla, una grieta en el asfalto, los locos, los presosun-redoble-de-Bonhamcuatro espíritus prófugoslas casasfron teraslasplazastrinche ras laluna lossatélitesla las bombaslanocheelautola muerte muerta ... .. . .. .

Y luego,el silencio.



Día 12. 9/11/08

Los aerosoles explotaban en llamaradas violetas y amarillas, entre bombas molotov y tubos de luz. El cyborg N-1200 atrincherado en la puerta, fulminaba con llamas todo lo que se acercaba. Había varios policías de la seccional 6ta de Morón rostizados a unos metros de él, hechos polvo. Más atrás yacía una alfombra de cadáveres de la Villa Gardel, varios seres que, según fuentes oficiales, no fueron dignos de la raza humana.
Los muros se derretían. Todo lo que tenía en mis manos era un cigarrillo apagado y un vaso de vodka. El aire había sido reemplazado por el humo, espeso y oscuro que callada y violentamente llenaba mis pulmones. Las barricadas impedían a las patrullas acercarse al lugar, los ángeles agnósticos se habían rebelado contra el régimen del cristianismo y sus trincheras aún cortaban la ciudad en ghettos, tierra de nadie. El androide siniestro continuaba disparando fuego por toda la discoteca, masacrando adolescentes en estado alucinado que bailaban en el parpadeo de las luces. Más humo. Más fuego. Sabía que ya no habría pasto para correr o soles para ver. Mi laberinto estaba adelante mío, en la pista. Me alegré de que todo fuera súbito y absurdo. De que no hubiera un juicio final. De que nadie lo entendería... mejor así... rápido, rápido, rápido, vértigo, vértigo, vértigo.



Día 48. 15/12/08

Me levanté antes que el sol y fui a despertar a cada uno de los volcanes. Todos los hombres dormían. Bajo las puertas de sus casas se secaba la tinta de la firma al pie de la hoja de la carta de su despedida. Ya las flores le decían hola al sol. Los volcanes bostezaban. El agua de los ríos huía de su cauce y corría hacia las ciudades. Los niños, prevenidos, jugaban con barriletes y muñecas sin pelo.

Entonces vino la lluvia de fuego.

En los refugios subterráneos se guardaban las espirales del humo del fuego de los cigarrillos de los melancólicos y sus frases interminables. Las mujeres sacaban sus vestidos del placard y bailaban con ellos canciones de Beck. Yo veía todo a través de mis anteojos rotos.
Vi la distancia de los autos crecer esperando que vinieras a buscarme. Oí tu risa y me quedé tranquilo. Caí dormido en tus pasos y me sentí feliz con tu música.


dd/12/08 - "El evangelio según San Raúl" [falta el texto]



Día 57. 24/12/08

Entonces Jesús tomó su guitarra y mirando a sus discípulos les dijo que movieran sus cabezas en corcheas y pisó el pedal de corte, como la pisara George Best dentro del área, y creó la divina distorsión, el crunch y la ganancia. La multitud desenfrenada se sumía en el pogo bíblico y cantaba y aullaba con sus anteojos espejados apuntando al cielo, esperando el beat definitivo. La bola de espejos giraba infinitamente como un carrousel profético, iluminando las caras de todos los fieles, infieles y vampiros.
"La salvation c’est pour il que croire á soi" decían los subtítulos en la pantalla de LED, traduciendo el grito de Jesús, con los ojos encendidos, antes de tirarse a la multitud en un mosh apocalíptico y sin fin.
Sabía que vendría la tormenta de tambores.
Satán esperaba en el auto, escribiendo canciones para Mtv y haciendo volutas de humo canábico contra el parabrisas. En el autoestéreo sonaba una de Prodigy. Pensaba en dos de las partes de su próxima trilogía y en cómo librar sobre las ciudades a los demonios del campo, las almas en pena y los herejes sin zapatillas. Sus hijas lloraban en el cordón de la vereda, mojándose bajo la lluvia, llenas de barro en los zapatos, presas del pánico de no reconocerse y de ser presas de su padre. Ignoraban que la estrella roja ya había pasado por Belén. Y después pasó lo otro.

Nadie los escuchó llegar.

No hubo tiempo de saberlo, no salió en Crónica. Los zombies del suburbio lo arrasaron todo esa misma noche. Supe que Los Dos jugaban para el mismo bando. Sólo una pequeña luz se alejaba a toda velocidad perdiéndose en la nada en la carretera del horror.

El Vuelo 1979



Explotando en una turbina, el fértil petardo se echa a volar. Todas las personas del avión se desnudan y empiezan a sacudirse en el asiento. Victorina prende la luz del pasillo. Tiene la piel morena y la angustia de un atraso que aún oculta a su novio en tierra y en otro continente. Las personas del avión retornan de su bosque obseno y frenético y, cada uno vestido de etiqueta (como debe ser en primera clase), le habla, por turnos, como habiendo olvidado la secuencia previa. Un tipo cachetón le dice algo incomprensible e inalcanzable de escuchar. Victorina se inclina para oírlo mejor. El tipo afirma ser un pintor muy famoso. El mejor pintor de dragones jamás conocido. Más que el maestro Ciruelo. Vixtorina descreyendo estas palabras, pero sólo de su cabeza para adentro, se ve amenazada por la intriga y le sigue la corriente. El tipo pide hablar con el piloto. Exclama, levanta los brazos, y comienza a armar un lindo bardo. Vicky accede a la petición del hombre y al ir caminando juntos, ella nota que él aún está semidesnudo, algo que el resto de las personas del avión pasan por alto a propósito. De a poco el trayecto a la cabina se va haciendo infinitamente largo. Ambos caminan con cierta cadencia y muy lentamente, como moviendo las caderas a un ritmo tropical. El pintor levanta una ceja mientras gira la cabeza y así, en cámara lenta, le hace un gesto a Vic. Ella empieza a mover los hombros al ritmo de unos tambores que no es preciso afirmar de dónde provienen, pero todo el mundo los escucha. Es posible que fueran los latidos de los corazones de los pasajeros con problemas cardíacos de esta parte del avión. Y es notable cómo el aire está viciado, a causa de la temperatura elevada. Los dos, el tipo cachetudo, pintor y regordete y Victoriña empiezan a bailar en lo que ahora ven ya como una carretera desértica. Se suben a un Cadillac color verde oso y aceleran atravesando estaciones con letreros de "GAS" y esas cosas acartonadas que recordaban, más ella que él, de las películas trasnochadas de juventud. El pintor prende un cigarrillo que saca del bolsillo de una señora del asiento F-132. La señora duerme a ronquido limpio, con el maquillaje pegado al hombro y un poco de baba en el pelo. El cigarrillo es arrojado y rueda en el aire muy lentamente, suspendido, hasta caer suave y glamoroso en los labios de la no oficialmente embarazada Vic. Un tipo del asiento E-144 lo enciende con gracia y estilo haciendo el fuego más naranja de todo el pasillo. Es mágico cómo han crecido las palmeras a la vera de la ruta ya no tan desértica que separa ambas filas de asientos. De pronto, ahí delante, en luminosas luces de neón, rojas y eléctricas, ambos leen el cartel que les miente diciendo "La Cabina". Todo se frena. Rompen la puerta de una patada y en la más profunda complicidad, sacan las armas de entre sus escasas ropas y abren fuego sobre el copiloto, salpicando las ventanillas de sangre. Acto seguido, ella da un culatazo al piloto, y se vuelve para besar al pintor. Los dos disparan a quemarropa sobre los controles y el chaperío, causando una caterva de chispas, de cantidad directamente proporcional a la velocidad de las balas por pi por radio. Ambos se asoman y ven el valle a 15 mil pies de distancia y bajando. Vuelven la vista y se penetran con la mirada. Ella sale e indica a las personas del avión que usen las mascarillas, que el choque será en poco tiempo, que no entren en pánico y recomendaciones de rigor que las aerolíneas le obligan a dar a las azafatas. Entonces reacciona y quiebra en llanto. Se siente ridícula, sierva de un desconocido que la engañó y verduga de un avión lleno de personas, muchas de ellas con problemas cardíacos y encéfalo-cardio-respiratorios. Usada por la empresa, usada por su novio... y la cara de sus padres cuando les cuente del embarazo del que duda. Y duda aun de lo que acaba de hacer, de cada sensación previa a este llanto. Pero el pintor está ahí, duro en la cabina, quieto pero armado. Con la cara embadurnada en estupefacientes. Y Victoria, en su llanto le dispara 3 balazos en la cabeza. Un chillido agudo sale de los circuitos del avión. La gente en pánico sale corriendo por doquier, saltando asientos y empujándose, armando una montaña de caos. Victorina se tara. ¿En cuál pesadilla estoy? piensa. El señor del E-144 corre llevándosela puesta y atravesando la entrada a "La Cabina". Está vestido de policía. Otro policía sale desde su derecha llevando en brazos a una niña. El avión mide ahora unos 50 metros de ancho y Victorina tiene dificultades para respirar y escucha el grito de un cómplice, enmascarado, que le dice "¿qué hiciste? ¡Mataste al Chino! ¿Qué mierda te pasa?". Y el eco esas palabras le rebota en el fondo y se marea. Y le aprietan las esposas y le da frío el caño de metal en la cara, pegado a las muelas. Y las cámaras de seguridad del banco le hacen primer plano en la sien. Y de reojo ve el auto estacionado en la puerta, agujereado a balazos. Y lo último que recuerda es cómo le molestaba el sonido de los aviones en Barrio Aeroparque, en la casa de sus viejos, el día que se escapó para comprar el arma y cuando le robó el auto en la estación de servicio al tipo de los dragones tatuados, hacía una hora y media, más o menos.

jueves, 16 de febrero de 2012

El observador


En Boyacá y Cervantes, donde bulle la meca del tránsito, del humo, de la histeria, donde los puesteros y artistas callejeros se entregan a la corriente fanfarria diaria de la providencia, en esa vereda sucia cataclísmica, in sito, pero a veinte pisos de altura, el observador lo detecta todo. Lanza dúctil sus ojos rapaces de telescopio sobre cada iterada existencia de cada peatón. Los mira, los escruta, los engulle, los regurgita y los vuelve a tragar. Los escupe en la mesa, escudriñando sus partes. Desmenuza sus miserables vidas, sus acciones. Nomina sus componentes. Elabora intrincadas series de nomenclaturas de comportamientos, categoriza sus humores y gesticulación, sus quironimias. Decora con abstrusos vocablos sus inefables devenires. Los ubica en el cristal, con agujas sin esterilizar, seccionados y desplegados, y tipea en la pantalla durante horas cada dato, hasta el más ridículamente irrelevante. Se ufana lo más suntuosamente posible de su nefasta colección de cosas miradas. Espiadas. De su inquisidora mayordomía. De cada alma robada con la fotografía de su mente. De esa montaña de rapiña maloliente. El ventanal que da a Boyacá le da una de sus panorámicas favoritas. La perpendicular exacta de la hormigueante romería. Se relame con lascivia anticipando quién será su mártir de hoy. Se cree entregado a lo espontáneo, a lo original. Cree tener la llave de la eterna novedad. Cree saberlo todo. Se envuelve en la vesania que decapita el tiempo y su todo abarca de pronto, lo que pasó y lo que acaecerá. Se regodea en su paráfrasis y en los veinte pisos que lo separan del suelo. Y en que su techo es el piso del mismo cielo y que nadie está más cerca de la diáfana celosía que él. Se mofa de lo fácil que es embaucarlos a todos con mecánicas fórmulas que vio masticar a sus antepasados (porque él lo ve todo). Voltea hacia su espejo de pared y contempla a un comerciante. A una señora. A un artista. A un ladrón. Se ve en todos ellos. Y los odia. Los aborrece y su odio es dragón que subrepticio da invasión al cuarto, repta por la alfombra morada, trepa las esquinas, circunda y estrangula cada hálito remilgado que expele su espíritu pernicioso. Escribe en su diario con perspicua letra, las memorias ajenas que acumula en lo más oscuro de su abyecta conciencia. Acribilla con ese palabrerío chato sus inermes páginas, las llena de basura de primera categoría. Cada puntada en el pecho de un transeúnte, veinte pisos abajo, es una macabra sonrisa de dientes y ojos, esparciéndose en su cara, como mancha de humedad, como salitre, como carroña obtusa y magullada. Una vil arruga que tapa con sus manos, porque sí, sabe que la vergüenza es el ciego verdugo y vendrá a buscarnos a todos por igual. Y agradece con hipocresía y pavor los vidrios que obturan la mirada del mundo al interior de su oficina. Las cuatro paredes que albergan su menesterosa y raquítica existencia. Las únicas testigos inválidas, sin voz, de su trágica labor. Su pléyade de semejantes. Las besa con asco y se entrega a su rutina. Con autómata y fingida pasión. Y hoy cercena a un comediante. Le adivina el pensamiento, la broma, le chupa lo hilarante. Tritura cada rastro jocoso de su número. Más tarde al cantor, al malabarista. Con ignominiosa pedantería los desacredita, escribe con furia en su pantalla "sus máscaras, sus disfraces, su triste camaleonería. Su barato farfulle...". Cuando sus dedos se entumecen, no por el calor de febrero o las horas interminables de tamborileo en su teclado, sino por la dispersión de la muchedumbre, para. Sólo entonces levanta esa vista hasta entonces imantada al suelo y mira la lontananza. Ve caer el sol en el río. Abre el cajón y se inyecta su medicina. Su anestesia nocturna, su barca de Morfeo, que lo aleje de su propia voz, de su propio tacto, de la sola oportunidad de oír su respiración si es que acaso respira. De la duda de saber si existe. Del terror de comprobar que él es uno más del montón.

Los Rayos Perdidos

Ignorábamos los porqués, o ellos nos ignoraban a nosotros, pero ahí estábamos con las manos en la masa, a punto de.
Las primeras tormentas habían sido casi al pedo, salvo por los rayos perdidos. Algunos dieron en terrenos vecinos y sacudieron los campos de los alrededores. Los animales que los miraban hicieron cosas que no entendimos. Fuimos entonces y saltamos los alambrados y nos manchamos las manos con barro que había en el jardín de atrás.
Las ventanas dejaban entrar la arena y el ruido del mar que llegaban de enfrente. Cada tanto lo escuchábamos desde acá, venir volando en forma de sal o cuando nos poníamos caracoles en el oído.

Esperábamos una señal de 'vamos'. Yo agarré y tiré un ladrillo a la cabina de gas, al medidor. Entonces empezamos a prender fuego toda la casa, con trapos y bidones. Iniciamos como una guerra de bichos de luz sacados. Creíamos que el viento se lo llevaría todo y vivimos cada cosa como si no importara, como si en realidad no supiéramos nada, como si fuésemos a ser jóvenes para siempre. Tres soles de noche en el patio, con las antorchas en el pasto y los hilos de fuego que descosían el lugar. Pero más que nada nos brillaban los ojos en pena y el corazón en cada gota de nafta que caía sobre las paredes.
Los truenos, zarpados, imponentes, festejaban nuestro banquete con gritos oscuros que llenaban el mar de ecos, como una reverb infinita. Y el cielo súper oscurecido nos empezó, de a poco, a escupir su lluvia de verano por todos lados. Llovió hasta que se hizo un telón de agua interminable que llegaba hasta donde no veíamos más la playa. Y lo más loco era que llovía en todos lados menos sobre la casa.
Nos paramos en la calle, desperdigados, a mirar como todo se iba volviendo ruinas y cascotes. Las llamas alumbraban las gotas que mojaban otras casas y techos de al lado, que se entristecían bocha. 

Uno de los tres soltó el palo entorchado y corrió directo hacia la montaña de fuego, como un Ícaro adolescente y frenético, a quemar todo lo que le dolía y a quemar su futuro. A irse de nosotros. Nadie quiso detenerlo. Tampoco nadie intentó seguirlo. Nos quedamos parados, agitados y hechos sopa, pero tranquilos, bajo la catarata de agua.

Uno de los dos agarró la guitarra y se puso a tocar una canción que nos habíamos escuchado cantar una cantidad de noches en el depto, en la ruta, en la playita, y en ese momento tan de no saber qué hacer.