jueves, 3 de enero de 2013


Trabajo de análisis de obra. “In C” – Terry Riley (1964)

Por Ignacio Pello

El análisis de la obra es en principio tan atípico como la obra misma.
Así:

C C C C C C C C C C C C C C C C C C C C C C C C C C C C C
1234567891011121314151617181920212223242526272829303132333435363738394041424344454647484950515253


Es la imagen mental que a priori genera la escucha de la pieza. El azul se me ocurrió a mí. Si bien no es excluyente para la interpretación, la sugerencia de Riley de utilizar la nota Do de la octava aguda del piano (u otro instrumento) en corcheas como base o pedal para la ejecución de la pieza es el gesto más pregnante (y necesario) para dar sentido a todo lo que ocurrirá sobre eso y, a la vez intuyo, lo que más influyó en los “no me gusta” votados por los usuarios de youtube en casi todas las versiones que escuché.

Los materiales utilizados son motivos melódicos de no más de 11 figuras, a excepción un motivo (el más extenso) de unas 25 figuras, sin contar sus silencios. Todas estas células melódico-rítmicas están dispuestas en una hoja de referencia, en patrones sucesivos, numerados del 1 al 53. El 35, es el mencionado motivo largo de más notas y a la vez el número deseable de ejecutantes que indica Riley en su separata. No se sabe por qué este 35, pero es de suponerse que así manifiestan estos muchachos su fetiche numérico (ver la proporción áurea).

Usando como parámetro fundamental la mantención del pulso firme y la estricta ejecución métrica de los patrones, Riley propone una apertura del juego en el resto de los sentidos posibles de realización de la obra: el número de ejecutantes (30, 124, etc.), el número de repeticiones de cada patrón, la instrumentación a utilizar, la articulación de vocales y consonantes por parte de los posibles cantantes, el tempo de la obra, la duración de la misma, etc. Invita a descubrir y disfrutar (joy) cierta riqueza polirrítmica que podría alcanzarse si se toca la pieza adecuadamente, ya sea por los patrones dispuestos en simultáneo o en canon, algo que tampoco especifica, o más bien deja específicamente en claro que reina el libre albedrío en esto.

En lo que respecta al material, más específicamente a las alturas utilizadas, son todas las notas llamadas “naturales”, que podemos encontrar en la escala mayor de Do, a excepción de un Fa# y un Sib (que aparecen en sólo algunos motivos). Es en este lugar donde se gesta el chiste y la provocación del título, que al incauto sugieren “inocentemente” que lo que escuchará es una obra “en Do mayor”, como si mezclar ingredientes al azar (un azar digamos tramposo o intencional) en un bol fuese cocinar. La disposición de las notas y todas las versiones que escuché de “In C” desmienten que la misma tenga algo que ver con la tonalidad y sus reglas, al menos como la conocemos en occidente.

Si bien este grupo de notas en principio abarca el ámbito de las dos octavas que parten del Do central, en sentido ascendente (y están anotadas en clave de Sol), Riley advierte que se pueden transponer los motivos, especialmente hacia la octava de arriba, dependiendo del instrumento. Lo cual amplía el factor tímbrico, algo fundamental en el minimalismo y en el paradigma del siglo XX.
Ahora sí, dice, se tiene que lograr al menos 1 (un) unísono en la obra, lo que es, al menos, complicado.


¿Conclusiones?

Riley estudió en California, más específicamente en San Francisco y en Berkeley, y luego ha sido secuaz de Cage y la escuela de New York, en la cruzada de las vanguardias minimalistas del siglo XX. Según Wikipedia, la obra en cuestión parte de experimentaciones del autor con el desfasaje de cintas grabadas, en búsqueda quizás de nuevas polirritmias y acentos, a causa de su interés por la cultura de la India (década del ’60, Harrison y el sitar, etc.). Si bien esto no es lo más seguro, tampoco suena incoherente. Buscando otras obras del autor caemos en que el común denominador son las notas pedales, la idea de los mantras, la repetición y todo eso: la visión occidental de la orientalidad. Lo cual termina de configurar y dar sentido al mundo musical de la obra y, en general, de Terry.

 Así como la mayoría de los movimientos artísticos del siglo XX, Riley (y el minimalismo) pone en cuestión la entidad de la obra de arte (en este caso musical), o al menos las características mínimas de la misma que podrían haberse tomado por incuestionables así como también el rol de intérprete y de compositor. Es, en este sentido, destacable la jerarquía que da al concepto o la idea o la intención estética del artista en general (intérprete o compositor), como punto de partida que tendrá como fin conmover y ser transmitido a través de algo (un canal) como por ejemplo una obra (en este caso musical) y la consiguiente deformación del canal, de la metodología, de la música en sí: el desestructurar antigüedades como “la forma sonata” o directamente en sí misma “la forma musical”; cosas como el contrapunto, la armonía, el compás, la velocidad, o como un millón de postulados más que eventualmente atentarían contra la transmisión de ese tipo de mensajes o ideas artísticas (como ésta), donde lo aleatorio es la esencia de la obra y la voluntad del ejecutante es lo que la determina (y termina de componer).
En consecuencia (y esto es fabuloso) “In C” deshace la noción de “arreglo” o “versión”, ya que toda ejecución diferente de la pieza sería tomada como original. Existirán los cazadores de pelos al huevo que no se atengan a la separata de Riley y ejecuten la obra en función de otra cosa, pero justamente la apertura de la obra es tal que esa “otra cosa” ya tendría “otra entidad”.  Creo que esto es lo más significativo.

En cuanto a la factura musical, lo que nos queda en términos “técnicos”, hay espontáneos y frescos cruces rítmicos y disonancias armónicas (producto de esta aleatoriedad), pero que son irrelevantes al lado del impacto perceptual que genera escuchar la obra en su conjunto y sobre todo el incremento de ese impacto a medida que pasa el tiempo y se van sucediendo esas repeticiones (por eso se agranda la tipografía en mi imagen mental). Se va percibiendo todo el material como una misma cosa amorfa y cambiante donde todo como todo es igual, a la vez todo es distinto.


Observación jugada, cuac

Adjunto las “Performing Directions” ya que son más importantes que la partitura en sí.

En su separata Riley usa la palabra “joy” (disfrutar) y sus derivados con entusiasmo y eso denota una intencionalidad de concebir a la música como un JUEGO y de justamente divertirse con ella (ver diálogos de Delalande). Constantemente incluye de manera empática a los ejecutantes, sus sentires y deseos y les acerca esta invitación a “divertirse” tocando. Me es inevitable, entonces, en este sentido incorporar lo lúdico a su concepto de obra de arte, en este caso musical y que probablemente haya compuesto la obra jugando a que hacía una obra. Algo no sólo no presente en muchos contemporáneos, sino definitivamente ausente en paradigmas anteriores al siglo XX, en que el compositor era cuasi enemigo del intérprete, y las solemnidades estructuraban más el devenir de la obra de arte musical.

Por lo demás, pertenece a un planeta diferente que al de muchos otros músicos anteriores, pero igual al de muchos de su misma época. Como es relativamente reciente (la obra tiene menos de 50 años), veremos que hace el tiempo con la ley de gravedad del Do y su órbita.


I.P.

Análisis de la partitura de la obra “Clair de Lune”  de Claude Debussy

La pieza “Clair de lune” de Debussy es el tercero de los cuatro movimientos de la Suite Bergamasque, para piano, publicada en 1905. Si bien dado su contexto histórico, en el que la tonalidad ya no era el principio rector en el universal de la música (como vimos en clase y esto considerando a Debussy dentro del llamado pandiatonismo) y al hecho de que utilice ciertos recursos, como acordes por color y escalas “exóticas”, podemos decir que está en Reb, en principio a partir de su armadura de clave. Y este plan tonal mayormente se mantiene en la obra con sus correspondientes modulaciones y retorno a la tonalidad primitiva (a groso modo, un gran A (compases 1-26) – B (c. 27-50) – A’ (c. 51-72)). El compás que indica la notación es de 9/8. Hoy podríamos emparentar esta métrica con el swing del vals-jazz o bien con ritmos folklóricos de ejecución rubateada. Sin embargo esto no  es tan así: la pieza recorre varias posibilidades rítmicas de esa métrica a partir de silencios, síncopas, contratiempos, frenos y aceleraciones adquiriendo una impronta propia. El tempo es de negra con punto = 66. Esta baja velocidad sumada a diversas alteraciones rítmicas (seisillos, dosillos, cuatrillos, calderones), además de la estructura motívica de la pieza en sí, contribuyen a tener una noción más bien elástica del pulso, con grandes respiraciones y una textura cambiante, como veremos en detalle.

La obra parte de un motivo melódico muy pregnante en el primer grado (es quizá lo más característico de la pieza) sobre tres notas del arpegio del acorde de Reb, constituidas por un salto de octava del Lab que está debajo, al Lab que está sobre el Do central, cayendo al Fa inmediato inferior de este último, con ambas manos sobre la misma octava (los primeros dos sistemas están escritos completamente en clave de Sol, compases 1-6). Esto es contestado en el segundo compás por un motivo similar Mib-Fa-Mib, sobre un acorde que podríamos cifrar tanto como un quinto grado omitido, como, eventualmente, un cuarto grado menor (intercambio modal). Esto así conjeturado, ya que a lo largo de la pieza se observará un recurrente uso de los acordes en los que se destaca su coloratura (o como se quiera llamar a sus características no estrictamente funcionales) por sobre su función (en este caso la notación de la armonía en el compás 2 es Solb-La becuadro).
En cuanto a lo rítmico es destacable el comienzo acéfalo de la obra y cómo se desarrolla este recurso. Debussy juega con esa síncopa en la melodía al comienzo de cada compás y con la relación que se produce con los bajos téticos de la mano izquierda en cada primer tiempo de la parte (compases 1-26).
Volviendo al consecuente del segundo compás, éste abre hacia un desarrollo motívico que dura hasta el fin del compás 8. De esta manera podríamos trazar arcos de frase sobre los compases 1-2, como proposición, luego los compases 3-4 (y posiblemente aquí un arco de 4 compases), y luego el desarrollo en los compases 5-6, y compases 7-8, además de un arco mayor que abarque a todos, hasta el compás 9, en que se produce una suerte de re-exposición del motivo ahora apoyado por el bajo (se amplía aquella octava inicial). La progresión armónica avanzaría por compás, con apoyos en el tercer tiempo en los compases 5, 6 y 8. En principio: I6 | Vo | I6 | V64 | IV64 - V6 | IV6 - V | Vo. De cualquier manera el juego sobre lo que en principio serían “notas ajenas” termina afectando no sólo la sonoridad sino la funcionalidad de los acordes y por ende esta forma de cifrarlo es meramente estimativa.
De igual modo, como se incorporan los bajos en el compás 9, en los compases subsiguientes se incorporan notas a la armonía, mayormente con articulaciones de dos notas, por terceras, quintas y sextas de cada acorde. Si bien esta modificación textural ordena formalmente, tampoco define del todo la textura, que no es ni un contrapunto, ni una monodia acompañada, sino más bien el desarrollo del motivo a partir del despliegue del arpegio en los acordes. Respecto de esta “re-exposición” se observa a priori la reiteración yuxtapuesta de aquella primera frase de los compases 1-2 de la pieza, en los compases 9-10 y 11-12, lo cual ya la establece como motivo principal de la obra, y del cual parte el resto del discurso, que, igualmente llegado un punto ya no remite a este material sino que trabaja sobre nueva información.

El compás 15 propone un nuevo material rítmico, al atacar en bloques acórdicos por corcheas (homorritmia), en una bajada homofónica diatónica, también percibida en frases de 2 compases y descendiendo en grupos de tres corcheas cada acorde, acentuando la caída sobre cada pulso, en una progresión que puede considerarse II | IV64 | V2 | IV6. Este patrón texturalmente homofónico se repetirá hasta el compás 26 con variaciones rítmicas que incluyen seisillos y dosillos, que acentúan el carácter apuntado al comienzo de la sección que indica “Tempo rubato” y con modificaciones melódicas en el movimiento de las voces (cambia el patrón descendente por bajadas con bordaduras o células de tres notas que globalmente siguen manteniendo direccionalidad descendente). Cabe aclarar que en la totalidad de la obra se percibe una gran elasticidad en el tempo y se brinda mucha espacialidad a la resonancia de los acordes, por lo cual sería un error considerar a la obra estrictamente desde el punto de vista metronómico ya que posee una gran cantidad de sutilezas rítmicas derivadas de estas indicaciones.
Armónicamente la sección completa sugiere una gran zona subdominante respecto de aquel primer grado, donde encontramos nuevamente el La becuadro hacia el compás 20, sobre un omitido, como única nota no diatónica y finalmente deriva en los compases 25-26, en cuatro acordes desplegados I6 | Im6 | V64 y por último un V7 que da cierre a la sección de manera abierta.
 
El compás 27 abre una nueva sección, la cual anteriormente llamamos “parte B”, teniendo en cuenta el global de la obra y que estimamos dura hasta el compás 50 (previo a la re-exposición del tema principal). En esta sección se presenta un nuevo motivo melódico que se articula sobre el primer y tercer tiempo de cada compás (es tético a diferencia del motivo inicial acéfalo), con las notas Lab-Dob-Reb-Lab en mano derecha. El Dob, sobre un aparente Vm, que constituye la sensible des-sensibilizada, genera esa coloratura (dentro del concepto de coloratura podríamos ubicar también,  en este sentido, aquellas tensiones “no direccionadas” o bien, cuya direccionalidad no estaba contemplada sistemáticamente en este momento histórico bajo las reglas del sistema tonal, más allá del análisis subjetivo de una nota en particular), que en principio debilita la tonalidad, y en segundo término “oscurece” el discurso. La textura se organiza a partir del aumento de la densidad cronométrica en la mano izquierda, que realiza un acompañamiento de arpegios ascendentes en semicorcheas, apoyando por pulso: podríamos cifrar a partir del bajo una suerte de I-I6-I64, articulado por tiempo dentro de cada compás (Reb, Fa, Lab en los compases 27-28), si bien funcionalmente se percibe todo I. Este dibujo varía el recorrido en los compases 29-30, donde a mitad de compás desciende. El compás 30 introduce lo que podríamos cifrar como la coloratura de un II grado mayorizado (Mib, Sol becuadro, Mib, en los bajos) o bien un efectivo que resuelve al V grado del compás 31. Los compases 31-32 son idénticos y presentan una progresión de acordes cuyas voces bajan por grado conjunto, articulados uno por tiempo: V-IV-III (donde el arpegio es nuevamente ascendente por pulso). Luego da paso a un II grado diatónico (que aún así incluye el Re becuadro como nota ajena en la melodía a modo de escapatoria, la cual aborda cromáticamente el Mi) y luego a una cadencia IV64-II-V (compás 34) y I (compás 35), sobre el cual re-expone el motivo melódico Lab-Dob-Reb-Lab, en la octava superior a la de la exposición sobre un I-Vm, que resuelve al I del compás 36, donde realiza la modulación a Mi mayor/Do# menor. La progresión armónica del compás 36 podría cifrarse, por tiempo: I-III-IIaum., según la relación diatónica a partir de la notación de la pieza. No obstante también puede leerse I-III-IIIdesc., lo cual sería una modulación por mediante, a través de una yuxtaposición (un recurso utilizado mucho en el romanticismo, por ejemplo por Chopin), en este caso abordada por cromatismo. El c. 37 plantea un gran movimiento ascendente donde nuevamente las voces de los acordes se mueven melódicamente (bajo, melodía y voces internas). Ambos sistemas presentados en clave de sol, donde la voz inferior parece indicar I6 | VI | I, y sube en paralelo con la melodía (do# mi sol# mi sol# fa#). Luego (c. 38-40) el bajo comienza a descender: sol# fa# mi# mi re# do# si la sol#, ahora en movimiento, podría decirse, contrario a la melodía, o al menos ampliando el registro: el compás 39 lleva el motivo [fa# la do# fa#] a una octava superior y lo repite en la octava inmediata inferior en el compás 40, lo cual denota un gran manejo del tratamiento melódico y de la forma a partir de la cuestión tímbrica, en un pasaje de 4 compases armónicamente muy diatónicos.
Los compases 41-42, presentan una melodía descendente por terceras en la voz superior, sobre una progresión de I | II (la textura de los compases 15 y ss.), articulando en el bajo sobre el tercer tiempo del compás 42 un motivo-pedal sobre las notas fa# do# que enarmónicamente se leerán luego  solb-reb y servirán de puente para regresar a la tonalidad principal, ya que derivan al Lab del compás 43, quedando una progresión supuestamente de IVm-V respecto de Reb (y nuevamente especulamos con el IVm, la coloratura y con la modulación por mediantes). No obstante Debussy toma esta figura pedal en el bajo y prolonga este aparente V grado durante 4 compases, sugiriendo que no comulga con las obviedades de resolución tonales de la época. Y utiliza otro recurso: la melodía en registro grave del sistema superior en los compases 43-44 troca al sistema inferior en los compases 47-48, al igual que el acompañamiento de semicorcheas del bajo que pasa a la mano derecha.
Para finalizar la parte se traslada nuevamente al registro agudo, con notación de ambos sistemas en clave de sol, en una textura que emula levemente a los compases 37-38 y donde en la repetición del IV grado del compás 37 en el 38 se reincide con la coloratura del IIo ó IVm (un La becuadro con cara de Sibb).

El compás 51 primeramente despliega el arpegio de un acorde que puede tanto oírse como un III o bien como un I7 (maj7) y, acto seguido, re-expone el motivo principal de la parte A, con algunas cuantas variaciones por lo cual lo denominamos A’. Si bien no es la primera vez que se despliega este acorde, cuando lo escuchamos en este momento, una vez finalizada la parte B, queda re-significado. Lo mismo con los acordes subsiguientes articulados en arpegio ascendente sobre el primer tiempo y plaqué sobre cada tercer tiempo, los cuales ahora nos remiten a elementos texturales de lo que históricamente más tarde sería el jazz (acordes plaqué con séptimas, novenas, oncenas y trecenas; reemplazos, etc.), recordemos que estamos en 1905 y recién estaba prendiendo el ragtime en EEUU.
Volviendo a la pieza, melódicamente reutiliza el recurso del desarrollo motívico de los dos primeros compases de la obra, del compás 51 al 65, con re-armonizaciones. Del compás 66 al 72 se toma la idea de la parte B (el acompañamiento textural de arpegios ascendentes por semicorcheas), esta vez en un registro más agudo y con una indicación dinámica de pp y el agregado de “morendo jusqu’ a la fin”. 
Artículo sobre las nuevas producciones musicales


Escuela de Arte de Berisso
Materia: Arte y cultura en el mundo contemporáneo
Profesor: Menacho, Luis
Alumno: Pello, Ignacio
Trabajo: artículo periodístico sobre una temática relativa al arte en el mundo contemporáneo.
Título: “Las producciones artísticas en el siglo XXI (¿enfoque musical?). Internet y el total Desbande de los paradigmas estéticos: de esto ya se habló mil veces y contando, mientras lo estoy escribiendo ahora.”
Año: 2012




Las producciones artísticas en el siglo XXI (¿enfoque musical?). Internet y el total Desbande de los paradigmas estéticos: de esto ya se habló mil veces y contando, mientras lo estoy escribiendo ahora.
Por Ignacio Pello

A
sí como amengua la picardía de los sabios, admito que no sé escribir como corresponde. Carezco totalmente de poder de síntesis y esto es más un impulso que una declaración o una advertencia, porque tampoco tengo tan buenos modales siempre. Esto mismo que escribo es en este momento parte del objeto que analizo, y es que me persigue desde febrero la idea de las Cajas Chinas y así llamaré al disco de canciones, trece, que escribí en el noroeste argentino. Ahora puede que estas palabras así dispuestas engañen la vista y no se sepa la intención detrás de ellas, si es un ensayo, un artículo, un cuento, algo inefable, un trabajo práctico, una copia de algo que ya pasó, un espejo que habla de sí mismo o todo eso junto al mismo tiempo.
Hago canciones desde que tengo uso de razón. Sin decir mucho sobre lo que pueda anteceder a este hecho, digo que es algo que me pasa y punto. Encuentro en las canciones un hábitat ideal para que germine una buena cantidad de flora imaginaria que traspasa, en este momento en particular, de mis dedos a un teclado. Si entonces me pregunto por las raíces de esas plantas y yuyos y demás, me preparo para mentir sobre algo que sé bien que desconozco. Antes de esto, escribí más estructuradamente un artículo esquemático. Pero ahora me tercerizo, me aparto de mí, me hago el tipo objetivo que observa un panorama y me froto las manos antes de plagiar a Forn, un escritor que no conozco y del que apenas leí dos artículos como referencia a pedido de la cátedra y aclaro que el presente es un formato de ficción literaria. Los formatos (o macetas, canteros, analogía mediante, retomo y prosigo), son necesarios probablemente para que quien lea, comprenda. Sí, mi lado empático menos auténtico sale a la cancha por un segundo y me desentiendo de las formalidades de la consigna de un contexto terciario, de una materia, de un profesor y de compañeros interlocutores que llegado el momento de toparse con esto, le pongan arriba ciertas expectativas. Sobre todo en una carrera docente, donde el juicio y la evaluación de las cosas se nos recalca más indirecta que explícitamente. Bien, entonces, ese noroeste me despertó ciertas inquietudes combinadas con cosas como la que tengo enfrente ahora: una computadora con internet y los artículos que leí recién.
Este texto es la prueba de lo que pensé en su momento respecto de las identidades culturales y las producciones artísticas, mi identidad, mi cultura, mis producciones artísticas. Quien haya leído cualquier texto mío antes de este sabrá muy bien que ahí no encontrará este ritmo de lectura, este vocabulario, esta disposición de los conceptos, y que probablemente todo esté siendo procesado ahora por lo de este pibe Forn junto con los elementos previos en mi cabeza: pienso en las letras de las canciones que venía escribiendo, en que me parecían de alguna manera muy indefinidas, amorfas, pero aún así con un vislumbre de algo, como una bola de barro con pedazos de raíz que le sobresalen. Entonces me embarqué en escuchar, leer y ver otras cosas, y ese viaje reflexivo (y ahora lo pienso, en la clase anterior se hizo una analogía sobre los viajes y a la vez una muy práctica comparación con pros y contras incluidos, respecto de que serían las vacaciones), decía, me llevó a ir incluyendo otras cosas, no sé bien de dónde, pero sí, en las canciones primero, y después en los textos como éste que, POR DIOS NACHO, es imposible ponerles música (por ahora), y en los pensamientos que todavía no me da el cuero para escribir.
Tan es así que a causa de no poder usar el auto unos meses, me vi forzado a viajar en micro y contemplar a los demás viajantes que ocupaban los asientos de los colectivos 273, TALP, 202, 214 y 307, respectivamente, y pensé que también ellos atravesarían paisajes similares en sus cabezas, al leer, escribir y pensar, en cada semáforo, al bajarse, al sacarle una foto a un cerro, al subirla a Facebook, compartirla con un amigo que está en Londres, pero es de acá y poner abajo un link con un tema de Ricardo Vilca. Y que ese amigo también hace canciones y ese cerro y Vilca le pegan en el subconsciente mientras hace la cola para entrar a ver la última banda nueva de Damon Albarn en Glastonbury o viajando al Primavera Fest en España donde tocó El mató a un policía motorizado, que es una banda de acá de Barrio Jardín. Y ese amigo escribe una canción a partir de eso y la sube a un Soundcloud, o Bandcamp o algún otro soporte online y de casualidad me la encuentro porque escribí mal el nombre de un cantante que me recomendaron y entonces la escucho y pienso que la canción me suena de algún lado pero no sé bien de dónde, creo que me suena de todos lados a la vez (y esto es algo muy delicado que le está pasando a todo el mundo todo el tiempo, con todo lo que escucha, es una pandemia más grande que la gripe A).
Así también me sonaba una melodía mientras caminaba por una calle de tierra llamada Belgrano, en Tilcara, y a medida que me acercaba al galpón de donde venía la música que estaban tocando, más me daba cuenta que era una versión tilcareña de un tema de La Nueva Luna. Y miraba para adelante y veía las diabladas y a todos vestidos de colores y me acordaba de unos temas que una vuelta estando con los pibes nos tocó acá Sofía Viola, una tremenda cantautora de Remedios de Escalada que toca el ronroco y le dedica a Bolivia una canción increíble que se llama “Me han robado el mar”. Entonces me es tan pegadizo el ritmo de base que no puedo dejar de tocarlo en el ukelele que compré el año pasado, pero con acordes con más notas (bueno, no más de cuatro, claro) que me suenan a otra cosa, todavía no sé bien a qué. Pero me bastará con buscar en Google a qué tipo de escala pentatónica pertenece la melodía, o los acordes esos con sextas que me gustan y así para ponerle alguna etiqueta arriba.
Lo cierto es que ahora releo lo otro que tenía escrito que no era una ficción literaria como ésta, que llevé el miércoles pasado y que hablaba de dos perspectivas: que desde lo psicológico aparece mi voluntad, de actuar una vez que sé que las cosas que estoy pensando ya existían en la cultura y me debate entre ponerlas en juego igual o no y, desde lo sociológico, cómo juegan los entornos combinados, o sea, mis amigos, otros cantautores, lugares, mi formación, la de ellos, bandas, escritores, y muchas, muchas personas más con computadora que le pagan a Telefónica o Fibertel (o en Capital David paga Telecentro creo, que parece que es otra pero yo no la conozco). No me acuerdo bien qué era heteróclito, pero me suena familiar a este fenómeno.
Ah, sí, y a raíz de eso lo de los “nichos de mercado”, que, aparentemente significan ámbitos en que se desarrollan a nivel económico ciertos sectores de la industria cultural. Y sí, si esto fuera un relato de vivencias personales, que definitivamente NO lo es, diría: este año hemos trabajado desde la productora con centros culturales, bares, clubes, artistas de La Plata, Capital Federal, gran Buenos Aires, del sur, de Uruguay, etc. No  sé qué tan sustentable sea eso, pero fue evidente que en ciertas circunstancias la cosa se movió más que en otras. Y entonces me doy cuenta de que la tengo que traer de nuevo a colación a Sofía, justo ella que vino a La Plata muchas veces, llenó siempre, estuvo en el FIFBA en el bosque, en el preMICA, y si yo fuera un diario medio berreta, medio mediocre, diría que se convirtió en “fenómeno under”, porque además escucha El Otro yo y usa piercings y un corte de lope bien alterno. Pero bueno, la pondré en piloto como caso paradigmático y entre comillas pondré “paradigmático”. Y entonces ahora, me doy pie y salto mil trescientos escalones (el número ha sido aleatorio, confieso): la otra tapa del alfajor que me convoca a esta repostería literaria, viene por el lado de la perspectiva académica, del panorama histórico y su relación directa con los paradigmas estéticos (¿enfoque musical?). Sí, en un punto no tan lejano, se cruzan estas cosas. Divisiones de la cultura en académica o popular, mantener la harina en su costal. Y había escrito esto:
“(…) ver los períodos y su relación con el marco teórico, a saber: barroco (el blanqueo de la tonalidad), clasicismo (marco heptafónico), romanticismo (marco heptafónico extendido), post-romanticismo (pandiatonismo), música contemporánea (atonalismo, multiplicidad, liberación de la disonancia, apertura del Universal, blablabla…) y así llegamos al  2012, en que la bruma de internet, la globalización y el cambio climático cae a borronear la continuación de esta enumeración”[1]
Esto constituye la primera cita de este texto, la cual paradójicamente y sin pensarlo es una cita a mí mismo. Aunque en realidad, todos sabemos (vamos), que estas exactas palabras seguro las dijo alguien más, antes, pero no quiero googlearlas ahora para no perder la concentración, ya que esto es para mañana. Voy a aprovechar para meter, de sopetón las otras citas que venía acumulando en el texto largo que, a esta altura nunca será libro, o será uno muy corto y olvidable en la mesa de saldos de El Aleph de 49. Sería como un compilado para una sección que salía en la revista Gente o Caras o Noticias, o una de esas que compraba mi vieja en los ´90. Esta me gustó, es de Gerardo Gandini:
“Están los ingenuos que inventan la pólvora todos los días; los que hacen "experiencias" de improvisación ya probadas; los que pretenden hacer una música conceptual "a la criolla" sin haber experimentado el "cansancio de la cultura" que mezclado con la necesidad de seguir vendiendo su música hace que por ejemplo un compositor alemán se convierta en místico hindú o pase de la racionalización más extrema al dadaísmo más idiota sin solución de continuidad.” [2]

No obstante hoy, con lo extensa que está, el desafío de atravesar “el cansancio de la cultura”, probablemente deje exhaustas nuestras capacidades de pensar libremente y recaigamos en el alemán-místico-hindú. O si sabemos reutilizar esa energía (resignificar), aprendamos a llevarnos mejor con este hermoso desbande (o llámenlo como quieran). Esta es de Adorno y el otro:

“La civilización actual concede a todo un aire de semejanza (…) Las manifestaciones estéticas, incluso de los opositores políticos, celebran del mismo modo el elogio del ritmo de acero” “la unidad visible de macrocosmos y microcosmos ilustra a los hombres sobre su esquema de civilización: la falsa identidad de universal y particular”. Y respecto del medio, del canal, de la técnica “La racionalidad técnica es la racionalidad del dominio mismo”[3].

Y por último, para redondear, Foucault, mucho más introspectivo, más francés y más epistemológico:

“Todo límite (en la historia del pensamiento) quizá no sea sino un corte arbitrario en un conjunto indefinidamente móvil (…) ¿se tiene acaso el derecho de establecer, en dos puntos del tiempo, rupturas simétricas a fin de hacer aparecer entre ellas un sistema continuo y unitario? (…) La discontinuidad – el hecho de que en unos cuantos años una cultura deje de pensar como lo había hecho hasta entonces y se ponga a pensar en otra cosa y de manera diferente – se abre sin duda sobre una erosión del exterior, sobre este espacio que, para el pensamiento, está del otro lado, pero sobre el cual no ha dejado de pensar desde su origen”[4]

Todo esto es parte de lo que llamo en el título el “desbande de los paradigmas estéticos”. El mejor caso me pasó hace poco: un pianista francés de 20 años que estudió 10 en el Conservatorio de París, y que está estudiando no sé que en Capital Federal, llamado Louis, escuchó por internet una banda en la que toco, en la que descaradamente robamos canciones playeras indie y le pareció fresca, novedosa y no sé cuántas cosas más. El pibe toca desde nocturnos hasta jazz, pasando por un millón de músicas más. Y esto no es eclecticismo. Lo hicimos tocar en vivo y había un código en común que trascendía lo estético, lo intelectual, lo académico, el gusto de cada uno, y todas esas cosas y fue lo más normal del mundo. El Desbande.


Desvaríos finales: Un divago mar[5]

En fin, si este texto tuviera realmente un fin, didáctico o académico, o de entretenimiento o de simple reproducción de banalidades, y si yo tuviera una postura, y lo que pienso fuera congruente, y aun dudando de ello, fuera posible transmitirlo, me tomaría la libertad de llamar conclusiones a los párrafos finales, pero como no es el caso para nada, los llamaré grandilocuentemente y con mayúscula “Desvaríos Finales”. Entonces digo los Desvaríos:

Internet está buenísima, no importa su pasado, porque hay ya tanto pasado de las cosas en el mundo y es tan inabarcable que nadie tiene tiempo de ponerse a conocerlo a fondo. Podríamos vivir bien todos con memoria a corto plazo y ya.

Otra cosa colgada que me parece bien agregar porque en los pasillos de la villa se comenta: hace tiempo se dejó de hablar de la “originalidad” para hablar de la “autenticidad” como valor y, en este sentido, de la re-significación como recurso, técnica o herramienta para llevar a cabo una obra o producción artística “nueva”, sí o sí atravesada por toda la cultura global, desde Tilcara hasta Ginebra (Suiza, no la bebida).  Esta herramienta toma en cuenta al colectivo cultural y en lo ético, a la voluntad de uno mismo de cuándo pisar el acelerador o el freno. Sirve al menos esto como referencia de la existencia de una escala de valores, que igualmente es muy, pero muy, pero muy permeable y flexible. Mutante.

Las canciones nuevas que estoy haciendo, sí nuevas, más allá de las Cajas Chinas norteñas, las hago en este contexto: leyendo a la vez un libro de Foucault, uno de Almodóvar, la fotocopia de Horkheimer y Adorno, escuchando el disco de Tomás (que me parece que todo el tiempo le escucho algo nuevo) y a Terry Riley (que me parece que todo el tiempo le escucho lo mismo), viendo The Walking Dead mientras carga Community, sacando la suite n°1 para cello de Bach y el tango Malena de Troilo, preparando flyers para distintos eventos (algo que tendría que hacer un diseñador pero yo le estoy sacando trabajo y  eso es yerba de otro paquete) y muy cada tanto algo del folkloreishon, que es una palabra que me hace pensar que este Word está desactualizado porque me la subraya con rojo, y yo la vengo usando naturalmente desde hace rato, por lo cual es obvio que ya es parte del lenguaje, al menos del mío.

Creo así también, que la palabra paradigma no significa más lo que significaba cuando la aprendí fuera del secundario, en la primera cursada de Psicología y Cultura en la Educación con Miriam, en el CEM, allá por el lejano 2008.

Tres páginas de artículo (sin contar las citas y la gilada) están bastante bien, por ahora.

I.P.





[1] Pello Ignacio, trabajo inédito sin terminar, p. 2.
[2] Gandini, G. “Estar”, ponencia extraída del blog Consonanza Stravaganti.
[3] Adorno Theodor W. y Hoerkheimer Max, Dialéctica del Iluminismo, La industria cultural, Iluminismo como mistificación de masas, año desconocido, p. 147.
[4] Foucault Michel, Las palabras y las cosas, cap. III, p. 67.
[5] Canción de Lautaro Barceló, cantautor marplatense.


Trabajo de entrecruzamiento de textos para la cátedra "Arte y Cultura en el mundo contemporáneo", Escuela de Arte de Berisso.


Concepto: “El arte”

Texto vertebrador: “El arte según Lacan” de Francois Regnault (Conferencias Oscar Masotta)

Aclaración: el siguiente trabajo enfoca un concepto de arte que toma como base el texto de Regnault, el cual, a modo de cajas chinas, lee a Lacan, que a su vez leía a Freud. Al mismo tiempo todos hacen varias referencias al trabajo de Hegel, por lo cual el indicado como texto vertebrador se compone de las reflexiones de los cuatro autores citados, a la vez que será entrecruzado con otros textos de la cátedra.
Por otra parte vale aclarar que no es un trabajo de elaboración sino un mero collage dialéctico teórico.



Regnault aborda la temática del arte en Lacan a partir de una fórmula de base “el deseo del hombre es el deseo del Otro”, en la cual encierra la asociación de los mecanismos de la histeria, la neurosis obsesiva y la paranoia con los tres términos de la sublimación “el arte, la religión y la ciencia” respectivamente.

Según Marcuse “la sublimación implica la mutabilidad de los instintos (que devienen de los impulsos animales)”. Estos tres ejes de la sublimación se sitúan sobre “la Cosa”, la cual está representada por el vacío que existe entre lo real y lo significante.

Respecto de esta relación del arte con el vacío, Cassirer parte del concepto de mímesis “el arte se origina en una imitación de cosas exteriores”, dando valor a la imitación, como primera instancia. Sin embargo se topa con el escollo de la creatividad y con vicisitudes como “Si ‘toda belleza es verdad’ no toda verdad es necesariamente belleza. (…) El arte no tiene que reproducir la naturaleza en un sentido general e indiscriminado; reproduce la belle nature.” Lo cual necesariamente implica algo más que la mera imitación de las cosas. Es ahí donde introduce a Rousseau “el arte no es una descripción o reproducción del mundo empírico sino una superabundancia de emociones y pasiones. (…) El factor "propósito" es tan necesario para la expresión verbal como para la artística. En cada acto verbal y en toda creación artística encontramos una estructura teleológica definida”.


Regnault, entonces, va más allá y dice que el arte “organiza la cosa en torno al agujero”. Y cita a Freud: “el objetivo primero y más cercano de la prueba de realidad no es encontrar (…) un objeto (…), sino volver a encontrarlo”. De esto desprende que “el objeto que no será nunca reencontrado, es la Cosa”. Y plantea dos casos que ilustran la situación de la Cosa: “Primer caso: la representa el vacío; estamos más bien del lado de la lógica, de lo real. Segundo caso: la representa otra cosa; estamos más bien del lado de la representación, del arte.” Y agrega: “el arte organiza la Cosa en torno al agujero, procediendo mediante la represión”.

Esto en Marcuse implica un mecanismo operacional en la civilización “La represión es un fenómeno histórico. La efectiva subyugación de los instintos a los controles represivos es impuesta no por la naturaleza, sino por el hombre” Y agrega que “el individuo sin libertad introyecta a sus dominadores y sus mandamientos dentro de su propio aparato mental. La lucha contra la libertad se reproduce a sí misma, en la psique del hombre”.

No obstante esto, luego Regnault aclara que “no parece que haya en Lacan el propósito de percibir lo que el artista o la obra reprimen”. Regnault afirma que Lacan invierte la perspectiva freudiana afirmando que “no existe el psicoanálisis aplicado a las obras de arte”. Y refiere a Freud: “Estando el don artístico y la capacidad de trabajo íntimamente ligados a la sublimación, la esencia de la función artística nos resulta también psicológicamente inaccesible”. También explica cierto “silencio” por parte tanto de Freud como de Lacan respecto del arte, en la premisa de que “el artista precede al psicólogo”.

Es acá donde interviene Hegel: “el arte se desarrolla como un mundo: el contenido es representado por lo bello, y el verdadero contenido de lo bello no es sino el espíritu. (…) el desarrollo del concepto de arte, pues, partirá de lo más exterior de lo sensible para elevarse hasta lo sensible interiorizado”. Y divide en tres etapas dialécticas de la relación del hombre con el vacío: la forma simbólica (la arquitectura), el arte clásico (la escultura) y el arte romántico (pintura y literatura).


Por otro lado Cassirer mantiene distancia con las teorías de encuadres o perspectivas psicológicas, ya que considera que “gozan de una ventaja clara y palpable sobre las metafísicas. No están obligadas a ofrecer una teoría general de la belleza. Se limitan a un tema más estrecho, se interesan únicamente por el hecho de la belleza y por su análisis descriptivo”.  Este distanciamiento es palpable en casi todos los autores que toman no ya la temática artística en general sino la obra de arte con suma cautela, como un elemento no del todo cognoscible.