jueves, 20 de diciembre de 2012


Los inadaptaditos y el vendedor de incendios

Teníamos todas las vacaciones del mundo. Todo el día en la calle, nos bajábamos la tarde. Con Clara dábamos vueltas por ahí antes de volver a nuestra habitación y escuchar horas enteras de bandas que no conocíamos. Y salir de noche a cazar luciérnagas al fondo y dejarlas en el frasco, volando encendidas, con la luz de la pieza apagada toda la noche. Dormíamos con el turbo apuntando al medio, aunque a mí no me daba mucho viento y el calor me despertaba. Por ahí me daba vuelta y nos veía a ella y a mí volando adentro del frasco, cantando estribillos y tocando la guitarra con nuestras pequeñas luces prendidas, esperando el fin de semana para ir a visitar a los primos. Yo le prometí que cuidaría el cielo ese que mirábamos desde abajo del árbol de nísperos. Que me subiría al techo de la casa para hacerlo, aunque estuviera viejo, y nuestros festejos se hubieran quemado por completo. Que no me quedaría quieto. No se lo dije, pero sé que sabe que se lo prometí. 
Teníamos todos los amaneceres del verano. Y los tirábamos por ahí sabiendo que volverían como boomerangs, que mirábamos en la tele negra del comedor. Creo que ella más tarde, pero yo entonces, vi que el boomerang volvió un día con un poco de fuego en la punta y algunos recuerdos se habían quemado. Ya no supe más de qué color la bici, ni qué gusto los Naranjús, pero otras cosas, chamuscadas, todavía estaban. Y un día ya los amigos tampoco y horas de mirar una pared y ni un regalo ni un cumpleaños más. Todo por lo del vendedor. Nosotros no entendimos una palabra desde que llegó. Nunca le tuvimos confianza. Lo miramos fijo bastante; él hablaba y hablaba y yo no entendía nada, pero estoy seguro de que trataba de vendernos un fuego, que en verdad no necesitábamos o algo que no podíamos pagar, o de quedarse con la casa. Le hablamos del boomerang y de cómo se había ido quemando y se rió. Lo próximo que me acuerdo es despegarme la remera transpirada de la espalda y levantar la vista para ver al tipo muerto. Acá las noches son bastante húmedas y pesadas.
No me acuerdo cuándo empezó a pasar el tiempo ni cómo se enterarían todos. Miré a Clara en la foto de aquel día y luego observé a Don Emilio, el vecino de al lado, sacar la F-100 y saludando mal y adusto, mientras salía arando, por calle 7. Creo que ya sabía lo que había pasado. Yo sentí una lluvia de flores y revólveres que caían sobre mis manos y las balas saliendo en cámara lenta, dando en su tanque de nafta y Don Emilio volando convertido en guiso y en chatarra roja. Pero parpadeé al mismo tiempo y vi cuando nos devolvía la pelota que se nos caía en su patio una tarde, hace estos diez años. Y no supe cuál Emilio era. Me di vuelta, me metí rápido a casa y cerré con llave. Para este momento los zorzales que cantaban ya eran los gorriones que cantaban. Es por lo de las noches húmedas que los desorienta supongo. Igual, ya no distinguía si el sonido venía de afuera o de adentro de mi cabeza. Quizá muchos vecinos como él no conozcan el trastorno del estado crepuscular hípnico, la pérdida de estado de vigilia y lo que eso provoca. Desde lo de los incendios del boomerang que leí sobre esto. Ahí descubrí mi patología y otros casos menos interesantes pero igual de ciertos. Tampoco me acuerdo bien cuándo fue que prendí  la tele negra del comedor y daban la foto del cadáver del vendedor y el esclarecimiento del caso. Y afuera ya venían, con los carteles y algunas antorchas, creo. Caminaban por la calle y zumbaban largando humo negro. Sí me acuerdo cuando entraron al jardín. Los vi pisar el pasto. Romper flores. Quemar el árbol de nísperos. Comer los muérdagos. Y me vi apretando mi párpado izquierdo y apuntando. Como luciérnagas apagadas no, más bien como tábanos o directamente mosquitos, pero para qué el frasco. Y no se ayudaban. No se socorrían, les gustaba más subir al techo a buscarme. Se espumaban sus bocas y se babeaban. Y pestañeé, apunté y disparé en falso. Y bajé los párpados y mi respiro fue hondo.
Me senté en las tejas y pensé en Clara, en el cielo y en las cosas quemadas. Y lo que me latía el corazón. Pité el cigarrillo, inflé la boca y un poco llorando le ahumé los pies al vecino adusto del fierro en las manos, antes de que el golpe me dejara ciego y no pudiera ver más nada.