Retrato
de una familia Monstruo
Con un hambre lógico, después de 4 horas de
viaje desde Mar del Plata, la familia se acercó a la cocina, tras haber bajado
del auto, abierto la puerta de calle, pasado por el baño y depositado los
abrigos en los percheros. Claudia dijo mientras buscaba el control remoto:
-
Hay una fuente que dejó Fabiana, con papas y batatas en la heladera Oscar,
fijate… sacalas y traelas a la mesa.
El marido, resoplando y con parsimonia,
mientras veía a su mujer mirar televisión de reojo, buscó en la pared, al lado
de la cocina Domec blanca, la llave cromada del gas, donde siempre estaban
colgados los repasadores y agarraderas para las fuentes calientes y tomó el
repasador de toalla de 5 pesos que habían comprado en el chino la noche que se
habían mudado a esa casa. Luego se acercó hasta la heladera con ese repasador
en la mano derecha, a modo de guante protector. Llevó su mano izquierda hasta
la posición de la manija y metió los dedos, como todos los días. Acto seguido
tiró de ese pedazo de plástico gris, abriendo la puerta. Oscar buscó por
reflejo en el estante de arriba de todo de la heladera la fuente que le había
dicho su mujer que había dejado su cuñada. Y más allá de su total falta de
observación, carcomida por años y años de hacer absolutamente todo por
costumbre, algo lo perturbó un poco cuando se percató de que la luz interna que
siempre se activa al abrir la puerta, nunca se prendió. Esa heladera tan
cualunque, enchufada a esa pared de la cocina, tenía el interior totalmente
oscuro.
Aún así Oscar reconoció la fuente, o sea tampoco
era que no se veía nada. Y así también, con la mano enfundada en el trapo, la
sacó a la luz. Y lo primero que su cuerpo hizo al verla de cerca fue arquearse para
atrás del olor a podrido que emanaba de ese objeto. Se arqueó frunciendo esa
cara quincuagenaria con un espasmo. Y se volvió hacia delante de nuevo como rebotando,
para verla otra vez, con el otro brazo tapándose la nariz y la boca y vio, en
lugar de papas, esas viscosas lonjas escabechadas de color entre gris y
amarronado, como babosas, con algunos puntitos blancos, que despedían un olor
inmundo. A tres metros de él, desde una silla de las de la mesa del comedor,
que formaba parte casi del mismo ambiente, Claudia se quejó:
-
Mhmg… Oscar… ¿qué es ese olor? ¡Qué asco!
Y mientras Claudia emitía este breve parlamento
exclamatorio, un Oscar encorvado para adelante, de ojos apretados, salía al
patio con la fuente en la mano y aún semi-tapándose la cara.
En el patio había una quietud de esas que
hay justo el momento antes de que llueva. Eran las siete de la tarde más o
menos. Estaba todo el cielo cubierto y ennegrecido y sí, a lo lejos se veía
algún que otro rayo. Oscar se quedó quieto a la mitad del patio esperando capaz
la lluvia, para que lave esa fuente pesada y llena de repugnancia que
secretamente no podía despegarse de la mano.
Claudia, mirando cómo la luz de la heladera de
pronto parpadeaba como en cortocircuito, como un flash, se sintió casi
hipnotizada por ese titilar, mientras oía caer las primeras gotas. Miró
entonces los frascos de mermelada y los de dulce y se dio cuenta de que despedían
un silbido y un vapor de los bordes de las tapas metálicas, como pequeñas
locomotoras estáticas. Un vapor blanco y espeso que se iba para arriba, hacia
el extractor neumático de la heladera, por donde parpadeaba la luz.
-
Claudia mirá esto -dijo Oscar desde el patio.
Y Claudia se paró y salió al patio con la
cara tiesa todavía y sin contestarle nada. Vio a su marido bajo una lluvia
torrencial y lo miró a la cara empapada.
-
Mirá para allá -dijo Oscar señalando a su izquierda. A dos metros de él y de
esa lluvia densa, imponente y copiosa el piso estaba seco. El piso y todo el
aire que había arriba. La lluvia estaba cayendo en un radio perfectamente
limitado, como una pared de agua que dividía el exterior en dos partes.
Ahí comenzaron atronadoras y así fueron
sonando lo que al principio ambos pensaron que eran piedras, granizo. Pero tanto
Claudia en la parte seca como Oscar bajo el diluvio, miraron hacia el piso y vieron
como rebotaban violentamente las tortugas contra el cemento del patio, lleno de
grietas, haciendo saltar chispas por todos lados.
Oscar estiró su única mano libre para
agarrar de los bordes del caparazón a una tortuga caída, quizá para examinarla.
Comprobó con tristeza que la tortuga no estaría viva por mucho tiempo más:
apenas movía los miembros y la cabeza.
Claudia estaba con la vista perdida y
colgada en los chispazos y tortugazos que caían en el cemento (y en el pasto del
jardín de atrás también) cuando la vibración del celular la hizo volverse hacia
la tierra, a su cuerpo y todos los segundos que tardó en sacarlo del bolsillo
del jean fueron eternos y sintió cómo un calor descomunal se propagaba por su
pierna, y le empezaba a arder. Al tocar el aparato se quemó las yemas de los
dedos y aún a pesar de las quemaduras mantuvo su desesperado intento por deshacerse de él y finalmente lo sacó con la mano llagada y lo tiró al piso, a
unos metros de distancia. El teléfono se prendió fuego en su estertor, deformando
la melodía de su timbre de llamada al derretirse, y ardía con grandes fogonazos
bajo la lluvia que apresaba a Oscar, con la fuente en una mano y la tortuga en
la otra.
Pedro, el menor de los hijos, los miraba
desde adentro de la casa, tras la malla metálica de la puerta mosquitera,
sorbiendo una taza de té y acomodándose esos grandes anteojos de marco negro
que tan de moda le habían parecido a su madre cuando los compró. Y no podía
evitar la obviedad de saber que algo realmente andaba mal pero aún así no nacía
de su ser el más mínimo aliento de intervenir en la situación. Sólo se quedó
ahí viendo como su padre estaba preso de la lluvia y su madre presa de todo lo
demás. Se dio cuenta entonces de que no podía dejar de mirarlos y que, de
alguna manera, el estaba atrapado también. Así se sintió cuando vio el borde de
una tortuga rasante pegar de costado en el cráneo de su madre, abriéndole un
gran tajo y salpicándole sangre de la herida en la blusa color crema.
Pedro abrió más los ojos vidriados y contuvo
la respiración, para prolongar y acentuar su silencio y estatismo. Veía que Oscar,
sin embargo, gritaba inmóvil bajo la lluvia mirando al cielo, pero no le
entendía una palabra. Pedro empezó a verse, como ensoñado, con su camisa
escocesa y sus lentes enormes mirándose a sí mismo a la cara, en una imagen
aovada como en un ojo de buey y se veía también hablar y sonreír como si
supiera lo que estaba pasando, pero tampoco entendía lo que estaba diciendo. Y
si bien sabía que nada de lo que estaba viendo se encontraba bajo los
parámetros de lo que él consideraba la cotidianeidad de la familia, y pensaba
que en ese momento nada salvo cotidianeidad debía estar pasando, tuvo otra
corazonada, como la impresión de que alguien o algo estaba controlando todo. Pero
eso no le importaba tampoco. Y lo tranquilizó pensar que él no podía hacer nada
para evitar esa realidad. Pensó en qué tan a menudo se auto-complacía con esos
trucos mentales y rogó que nadie le estuviera leyendo el pensamiento.
Fernando, el mayor, salió liviano del baño
después de 15 minutos meditabundos, con la revista del cable en la mano
izquierda. Respiró hondo y se desperezó estirando los brazos por sobre la
cabeza mientras pasaba por el costado de la mesa de madera, y se quejaba del
volumen de la tele y sin mirar para la puerta mosquitera de la cocina que da al
patio, tomaba el control remoto y cambiaba de canal buscando una película que
le habían recomendado. Basada en un cuento de Sendak, creo.
Ignacio Pello
Texto basado en un sueño posiblemente
inspirado en el cuadro “Mi almohada es un velero extravagante” (Refi, M.) y en
72hs de abstinencia de modafinilo.