viernes, 17 de febrero de 2012

Diapositivas del Apocalipsis Nerd


Imágenes descritas en un diario a fines de 2008.


Día 1. 28/10/08

Cientos de cohetes abandonaron la travesía, ícaros y torres de babel aladas, toneladas de metal abriendo el espacio en dos.
Los venusinos habían predicho la tragedia: se hacían llamar "griegos" en la tierra, pero sus atuendos y sus costumbres bacanas no inspiraron piedad en la espada de los policías espaciales; la masacre cayó como un fruto por su peso.
Los hijos del tiempo sobrevivieron para traer el relato de su viaje a las calles del conurbano; andan encubiertos tras sus remeras rayadas y sus auriculares estéreo. Los usan para comunicarse con el pasado y reconocer y evitar a los guardianes del cielo. Aun los están buscando.
Ocultos en el barro escriben guiones para Hollywood, y furtivos, por las noches, bastardean a Santa Claus y se cuelan por las chimeneas de canciones rojas.
Las revoluciones nunca dejan de tramarse.



Día 5. 2/11/08

Uno tras otro los semáforos quedaban atrás, incendiados ante los ojos. La cinta de "Led Zeppelin IV" aullaba la reverb de Black Dog en los tímpanos de todos, como una ametralladora sónica y se enredababa con el grito mecánico del motor. El Mustang era uno con la oscuridad. La patrulla espacial estaba a las andadas, otra vez. Los aviones enemigos interferían el radio con mensajes codificados, la invasión era invisible, pero no silenciosa.
Códigos binarios.. números.. zumbidos cero y uno cero zumbidos cero uno y cero y zumbidoszumb ido s yel caos...
Un volantazo a la derecha, un escuadrón en el retrovisor, una espiral de humo en la ventanilla, una grieta en el asfalto, los locos, los presosun-redoble-de-Bonhamcuatro espíritus prófugoslas casasfron teraslasplazastrinche ras laluna lossatélitesla las bombaslanocheelautola muerte muerta ... .. . .. .

Y luego,el silencio.



Día 12. 9/11/08

Los aerosoles explotaban en llamaradas violetas y amarillas, entre bombas molotov y tubos de luz. El cyborg N-1200 atrincherado en la puerta, fulminaba con llamas todo lo que se acercaba. Había varios policías de la seccional 6ta de Morón rostizados a unos metros de él, hechos polvo. Más atrás yacía una alfombra de cadáveres de la Villa Gardel, varios seres que, según fuentes oficiales, no fueron dignos de la raza humana.
Los muros se derretían. Todo lo que tenía en mis manos era un cigarrillo apagado y un vaso de vodka. El aire había sido reemplazado por el humo, espeso y oscuro que callada y violentamente llenaba mis pulmones. Las barricadas impedían a las patrullas acercarse al lugar, los ángeles agnósticos se habían rebelado contra el régimen del cristianismo y sus trincheras aún cortaban la ciudad en ghettos, tierra de nadie. El androide siniestro continuaba disparando fuego por toda la discoteca, masacrando adolescentes en estado alucinado que bailaban en el parpadeo de las luces. Más humo. Más fuego. Sabía que ya no habría pasto para correr o soles para ver. Mi laberinto estaba adelante mío, en la pista. Me alegré de que todo fuera súbito y absurdo. De que no hubiera un juicio final. De que nadie lo entendería... mejor así... rápido, rápido, rápido, vértigo, vértigo, vértigo.



Día 48. 15/12/08

Me levanté antes que el sol y fui a despertar a cada uno de los volcanes. Todos los hombres dormían. Bajo las puertas de sus casas se secaba la tinta de la firma al pie de la hoja de la carta de su despedida. Ya las flores le decían hola al sol. Los volcanes bostezaban. El agua de los ríos huía de su cauce y corría hacia las ciudades. Los niños, prevenidos, jugaban con barriletes y muñecas sin pelo.

Entonces vino la lluvia de fuego.

En los refugios subterráneos se guardaban las espirales del humo del fuego de los cigarrillos de los melancólicos y sus frases interminables. Las mujeres sacaban sus vestidos del placard y bailaban con ellos canciones de Beck. Yo veía todo a través de mis anteojos rotos.
Vi la distancia de los autos crecer esperando que vinieras a buscarme. Oí tu risa y me quedé tranquilo. Caí dormido en tus pasos y me sentí feliz con tu música.


dd/12/08 - "El evangelio según San Raúl" [falta el texto]



Día 57. 24/12/08

Entonces Jesús tomó su guitarra y mirando a sus discípulos les dijo que movieran sus cabezas en corcheas y pisó el pedal de corte, como la pisara George Best dentro del área, y creó la divina distorsión, el crunch y la ganancia. La multitud desenfrenada se sumía en el pogo bíblico y cantaba y aullaba con sus anteojos espejados apuntando al cielo, esperando el beat definitivo. La bola de espejos giraba infinitamente como un carrousel profético, iluminando las caras de todos los fieles, infieles y vampiros.
"La salvation c’est pour il que croire á soi" decían los subtítulos en la pantalla de LED, traduciendo el grito de Jesús, con los ojos encendidos, antes de tirarse a la multitud en un mosh apocalíptico y sin fin.
Sabía que vendría la tormenta de tambores.
Satán esperaba en el auto, escribiendo canciones para Mtv y haciendo volutas de humo canábico contra el parabrisas. En el autoestéreo sonaba una de Prodigy. Pensaba en dos de las partes de su próxima trilogía y en cómo librar sobre las ciudades a los demonios del campo, las almas en pena y los herejes sin zapatillas. Sus hijas lloraban en el cordón de la vereda, mojándose bajo la lluvia, llenas de barro en los zapatos, presas del pánico de no reconocerse y de ser presas de su padre. Ignoraban que la estrella roja ya había pasado por Belén. Y después pasó lo otro.

Nadie los escuchó llegar.

No hubo tiempo de saberlo, no salió en Crónica. Los zombies del suburbio lo arrasaron todo esa misma noche. Supe que Los Dos jugaban para el mismo bando. Sólo una pequeña luz se alejaba a toda velocidad perdiéndose en la nada en la carretera del horror.

El Vuelo 1979



Explotando en una turbina, el fértil petardo se echa a volar. Todas las personas del avión se desnudan y empiezan a sacudirse en el asiento. Victorina prende la luz del pasillo. Tiene la piel morena y la angustia de un atraso que aún oculta a su novio en tierra y en otro continente. Las personas del avión retornan de su bosque obseno y frenético y, cada uno vestido de etiqueta (como debe ser en primera clase), le habla, por turnos, como habiendo olvidado la secuencia previa. Un tipo cachetón le dice algo incomprensible e inalcanzable de escuchar. Victorina se inclina para oírlo mejor. El tipo afirma ser un pintor muy famoso. El mejor pintor de dragones jamás conocido. Más que el maestro Ciruelo. Vixtorina descreyendo estas palabras, pero sólo de su cabeza para adentro, se ve amenazada por la intriga y le sigue la corriente. El tipo pide hablar con el piloto. Exclama, levanta los brazos, y comienza a armar un lindo bardo. Vicky accede a la petición del hombre y al ir caminando juntos, ella nota que él aún está semidesnudo, algo que el resto de las personas del avión pasan por alto a propósito. De a poco el trayecto a la cabina se va haciendo infinitamente largo. Ambos caminan con cierta cadencia y muy lentamente, como moviendo las caderas a un ritmo tropical. El pintor levanta una ceja mientras gira la cabeza y así, en cámara lenta, le hace un gesto a Vic. Ella empieza a mover los hombros al ritmo de unos tambores que no es preciso afirmar de dónde provienen, pero todo el mundo los escucha. Es posible que fueran los latidos de los corazones de los pasajeros con problemas cardíacos de esta parte del avión. Y es notable cómo el aire está viciado, a causa de la temperatura elevada. Los dos, el tipo cachetudo, pintor y regordete y Victoriña empiezan a bailar en lo que ahora ven ya como una carretera desértica. Se suben a un Cadillac color verde oso y aceleran atravesando estaciones con letreros de "GAS" y esas cosas acartonadas que recordaban, más ella que él, de las películas trasnochadas de juventud. El pintor prende un cigarrillo que saca del bolsillo de una señora del asiento F-132. La señora duerme a ronquido limpio, con el maquillaje pegado al hombro y un poco de baba en el pelo. El cigarrillo es arrojado y rueda en el aire muy lentamente, suspendido, hasta caer suave y glamoroso en los labios de la no oficialmente embarazada Vic. Un tipo del asiento E-144 lo enciende con gracia y estilo haciendo el fuego más naranja de todo el pasillo. Es mágico cómo han crecido las palmeras a la vera de la ruta ya no tan desértica que separa ambas filas de asientos. De pronto, ahí delante, en luminosas luces de neón, rojas y eléctricas, ambos leen el cartel que les miente diciendo "La Cabina". Todo se frena. Rompen la puerta de una patada y en la más profunda complicidad, sacan las armas de entre sus escasas ropas y abren fuego sobre el copiloto, salpicando las ventanillas de sangre. Acto seguido, ella da un culatazo al piloto, y se vuelve para besar al pintor. Los dos disparan a quemarropa sobre los controles y el chaperío, causando una caterva de chispas, de cantidad directamente proporcional a la velocidad de las balas por pi por radio. Ambos se asoman y ven el valle a 15 mil pies de distancia y bajando. Vuelven la vista y se penetran con la mirada. Ella sale e indica a las personas del avión que usen las mascarillas, que el choque será en poco tiempo, que no entren en pánico y recomendaciones de rigor que las aerolíneas le obligan a dar a las azafatas. Entonces reacciona y quiebra en llanto. Se siente ridícula, sierva de un desconocido que la engañó y verduga de un avión lleno de personas, muchas de ellas con problemas cardíacos y encéfalo-cardio-respiratorios. Usada por la empresa, usada por su novio... y la cara de sus padres cuando les cuente del embarazo del que duda. Y duda aun de lo que acaba de hacer, de cada sensación previa a este llanto. Pero el pintor está ahí, duro en la cabina, quieto pero armado. Con la cara embadurnada en estupefacientes. Y Victoria, en su llanto le dispara 3 balazos en la cabeza. Un chillido agudo sale de los circuitos del avión. La gente en pánico sale corriendo por doquier, saltando asientos y empujándose, armando una montaña de caos. Victorina se tara. ¿En cuál pesadilla estoy? piensa. El señor del E-144 corre llevándosela puesta y atravesando la entrada a "La Cabina". Está vestido de policía. Otro policía sale desde su derecha llevando en brazos a una niña. El avión mide ahora unos 50 metros de ancho y Victorina tiene dificultades para respirar y escucha el grito de un cómplice, enmascarado, que le dice "¿qué hiciste? ¡Mataste al Chino! ¿Qué mierda te pasa?". Y el eco esas palabras le rebota en el fondo y se marea. Y le aprietan las esposas y le da frío el caño de metal en la cara, pegado a las muelas. Y las cámaras de seguridad del banco le hacen primer plano en la sien. Y de reojo ve el auto estacionado en la puerta, agujereado a balazos. Y lo último que recuerda es cómo le molestaba el sonido de los aviones en Barrio Aeroparque, en la casa de sus viejos, el día que se escapó para comprar el arma y cuando le robó el auto en la estación de servicio al tipo de los dragones tatuados, hacía una hora y media, más o menos.

jueves, 16 de febrero de 2012

El observador


En Boyacá y Cervantes, donde bulle la meca del tránsito, del humo, de la histeria, donde los puesteros y artistas callejeros se entregan a la corriente fanfarria diaria de la providencia, en esa vereda sucia cataclísmica, in sito, pero a veinte pisos de altura, el observador lo detecta todo. Lanza dúctil sus ojos rapaces de telescopio sobre cada iterada existencia de cada peatón. Los mira, los escruta, los engulle, los regurgita y los vuelve a tragar. Los escupe en la mesa, escudriñando sus partes. Desmenuza sus miserables vidas, sus acciones. Nomina sus componentes. Elabora intrincadas series de nomenclaturas de comportamientos, categoriza sus humores y gesticulación, sus quironimias. Decora con abstrusos vocablos sus inefables devenires. Los ubica en el cristal, con agujas sin esterilizar, seccionados y desplegados, y tipea en la pantalla durante horas cada dato, hasta el más ridículamente irrelevante. Se ufana lo más suntuosamente posible de su nefasta colección de cosas miradas. Espiadas. De su inquisidora mayordomía. De cada alma robada con la fotografía de su mente. De esa montaña de rapiña maloliente. El ventanal que da a Boyacá le da una de sus panorámicas favoritas. La perpendicular exacta de la hormigueante romería. Se relame con lascivia anticipando quién será su mártir de hoy. Se cree entregado a lo espontáneo, a lo original. Cree tener la llave de la eterna novedad. Cree saberlo todo. Se envuelve en la vesania que decapita el tiempo y su todo abarca de pronto, lo que pasó y lo que acaecerá. Se regodea en su paráfrasis y en los veinte pisos que lo separan del suelo. Y en que su techo es el piso del mismo cielo y que nadie está más cerca de la diáfana celosía que él. Se mofa de lo fácil que es embaucarlos a todos con mecánicas fórmulas que vio masticar a sus antepasados (porque él lo ve todo). Voltea hacia su espejo de pared y contempla a un comerciante. A una señora. A un artista. A un ladrón. Se ve en todos ellos. Y los odia. Los aborrece y su odio es dragón que subrepticio da invasión al cuarto, repta por la alfombra morada, trepa las esquinas, circunda y estrangula cada hálito remilgado que expele su espíritu pernicioso. Escribe en su diario con perspicua letra, las memorias ajenas que acumula en lo más oscuro de su abyecta conciencia. Acribilla con ese palabrerío chato sus inermes páginas, las llena de basura de primera categoría. Cada puntada en el pecho de un transeúnte, veinte pisos abajo, es una macabra sonrisa de dientes y ojos, esparciéndose en su cara, como mancha de humedad, como salitre, como carroña obtusa y magullada. Una vil arruga que tapa con sus manos, porque sí, sabe que la vergüenza es el ciego verdugo y vendrá a buscarnos a todos por igual. Y agradece con hipocresía y pavor los vidrios que obturan la mirada del mundo al interior de su oficina. Las cuatro paredes que albergan su menesterosa y raquítica existencia. Las únicas testigos inválidas, sin voz, de su trágica labor. Su pléyade de semejantes. Las besa con asco y se entrega a su rutina. Con autómata y fingida pasión. Y hoy cercena a un comediante. Le adivina el pensamiento, la broma, le chupa lo hilarante. Tritura cada rastro jocoso de su número. Más tarde al cantor, al malabarista. Con ignominiosa pedantería los desacredita, escribe con furia en su pantalla "sus máscaras, sus disfraces, su triste camaleonería. Su barato farfulle...". Cuando sus dedos se entumecen, no por el calor de febrero o las horas interminables de tamborileo en su teclado, sino por la dispersión de la muchedumbre, para. Sólo entonces levanta esa vista hasta entonces imantada al suelo y mira la lontananza. Ve caer el sol en el río. Abre el cajón y se inyecta su medicina. Su anestesia nocturna, su barca de Morfeo, que lo aleje de su propia voz, de su propio tacto, de la sola oportunidad de oír su respiración si es que acaso respira. De la duda de saber si existe. Del terror de comprobar que él es uno más del montón.

Los Rayos Perdidos

Ignorábamos los porqués, o ellos nos ignoraban a nosotros, pero ahí estábamos con las manos en la masa, a punto de.
Las primeras tormentas habían sido casi al pedo, salvo por los rayos perdidos. Algunos dieron en terrenos vecinos y sacudieron los campos de los alrededores. Los animales que los miraban hicieron cosas que no entendimos. Fuimos entonces y saltamos los alambrados y nos manchamos las manos con barro que había en el jardín de atrás.
Las ventanas dejaban entrar la arena y el ruido del mar que llegaban de enfrente. Cada tanto lo escuchábamos desde acá, venir volando en forma de sal o cuando nos poníamos caracoles en el oído.

Esperábamos una señal de 'vamos'. Yo agarré y tiré un ladrillo a la cabina de gas, al medidor. Entonces empezamos a prender fuego toda la casa, con trapos y bidones. Iniciamos como una guerra de bichos de luz sacados. Creíamos que el viento se lo llevaría todo y vivimos cada cosa como si no importara, como si en realidad no supiéramos nada, como si fuésemos a ser jóvenes para siempre. Tres soles de noche en el patio, con las antorchas en el pasto y los hilos de fuego que descosían el lugar. Pero más que nada nos brillaban los ojos en pena y el corazón en cada gota de nafta que caía sobre las paredes.
Los truenos, zarpados, imponentes, festejaban nuestro banquete con gritos oscuros que llenaban el mar de ecos, como una reverb infinita. Y el cielo súper oscurecido nos empezó, de a poco, a escupir su lluvia de verano por todos lados. Llovió hasta que se hizo un telón de agua interminable que llegaba hasta donde no veíamos más la playa. Y lo más loco era que llovía en todos lados menos sobre la casa.
Nos paramos en la calle, desperdigados, a mirar como todo se iba volviendo ruinas y cascotes. Las llamas alumbraban las gotas que mojaban otras casas y techos de al lado, que se entristecían bocha. 

Uno de los tres soltó el palo entorchado y corrió directo hacia la montaña de fuego, como un Ícaro adolescente y frenético, a quemar todo lo que le dolía y a quemar su futuro. A irse de nosotros. Nadie quiso detenerlo. Tampoco nadie intentó seguirlo. Nos quedamos parados, agitados y hechos sopa, pero tranquilos, bajo la catarata de agua.

Uno de los dos agarró la guitarra y se puso a tocar una canción que nos habíamos escuchado cantar una cantidad de noches en el depto, en la ruta, en la playita, y en ese momento tan de no saber qué hacer.