viernes, 17 de febrero de 2012

El Vuelo 1979



Explotando en una turbina, el fértil petardo se echa a volar. Todas las personas del avión se desnudan y empiezan a sacudirse en el asiento. Victorina prende la luz del pasillo. Tiene la piel morena y la angustia de un atraso que aún oculta a su novio en tierra y en otro continente. Las personas del avión retornan de su bosque obseno y frenético y, cada uno vestido de etiqueta (como debe ser en primera clase), le habla, por turnos, como habiendo olvidado la secuencia previa. Un tipo cachetón le dice algo incomprensible e inalcanzable de escuchar. Victorina se inclina para oírlo mejor. El tipo afirma ser un pintor muy famoso. El mejor pintor de dragones jamás conocido. Más que el maestro Ciruelo. Vixtorina descreyendo estas palabras, pero sólo de su cabeza para adentro, se ve amenazada por la intriga y le sigue la corriente. El tipo pide hablar con el piloto. Exclama, levanta los brazos, y comienza a armar un lindo bardo. Vicky accede a la petición del hombre y al ir caminando juntos, ella nota que él aún está semidesnudo, algo que el resto de las personas del avión pasan por alto a propósito. De a poco el trayecto a la cabina se va haciendo infinitamente largo. Ambos caminan con cierta cadencia y muy lentamente, como moviendo las caderas a un ritmo tropical. El pintor levanta una ceja mientras gira la cabeza y así, en cámara lenta, le hace un gesto a Vic. Ella empieza a mover los hombros al ritmo de unos tambores que no es preciso afirmar de dónde provienen, pero todo el mundo los escucha. Es posible que fueran los latidos de los corazones de los pasajeros con problemas cardíacos de esta parte del avión. Y es notable cómo el aire está viciado, a causa de la temperatura elevada. Los dos, el tipo cachetudo, pintor y regordete y Victoriña empiezan a bailar en lo que ahora ven ya como una carretera desértica. Se suben a un Cadillac color verde oso y aceleran atravesando estaciones con letreros de "GAS" y esas cosas acartonadas que recordaban, más ella que él, de las películas trasnochadas de juventud. El pintor prende un cigarrillo que saca del bolsillo de una señora del asiento F-132. La señora duerme a ronquido limpio, con el maquillaje pegado al hombro y un poco de baba en el pelo. El cigarrillo es arrojado y rueda en el aire muy lentamente, suspendido, hasta caer suave y glamoroso en los labios de la no oficialmente embarazada Vic. Un tipo del asiento E-144 lo enciende con gracia y estilo haciendo el fuego más naranja de todo el pasillo. Es mágico cómo han crecido las palmeras a la vera de la ruta ya no tan desértica que separa ambas filas de asientos. De pronto, ahí delante, en luminosas luces de neón, rojas y eléctricas, ambos leen el cartel que les miente diciendo "La Cabina". Todo se frena. Rompen la puerta de una patada y en la más profunda complicidad, sacan las armas de entre sus escasas ropas y abren fuego sobre el copiloto, salpicando las ventanillas de sangre. Acto seguido, ella da un culatazo al piloto, y se vuelve para besar al pintor. Los dos disparan a quemarropa sobre los controles y el chaperío, causando una caterva de chispas, de cantidad directamente proporcional a la velocidad de las balas por pi por radio. Ambos se asoman y ven el valle a 15 mil pies de distancia y bajando. Vuelven la vista y se penetran con la mirada. Ella sale e indica a las personas del avión que usen las mascarillas, que el choque será en poco tiempo, que no entren en pánico y recomendaciones de rigor que las aerolíneas le obligan a dar a las azafatas. Entonces reacciona y quiebra en llanto. Se siente ridícula, sierva de un desconocido que la engañó y verduga de un avión lleno de personas, muchas de ellas con problemas cardíacos y encéfalo-cardio-respiratorios. Usada por la empresa, usada por su novio... y la cara de sus padres cuando les cuente del embarazo del que duda. Y duda aun de lo que acaba de hacer, de cada sensación previa a este llanto. Pero el pintor está ahí, duro en la cabina, quieto pero armado. Con la cara embadurnada en estupefacientes. Y Victoria, en su llanto le dispara 3 balazos en la cabeza. Un chillido agudo sale de los circuitos del avión. La gente en pánico sale corriendo por doquier, saltando asientos y empujándose, armando una montaña de caos. Victorina se tara. ¿En cuál pesadilla estoy? piensa. El señor del E-144 corre llevándosela puesta y atravesando la entrada a "La Cabina". Está vestido de policía. Otro policía sale desde su derecha llevando en brazos a una niña. El avión mide ahora unos 50 metros de ancho y Victorina tiene dificultades para respirar y escucha el grito de un cómplice, enmascarado, que le dice "¿qué hiciste? ¡Mataste al Chino! ¿Qué mierda te pasa?". Y el eco esas palabras le rebota en el fondo y se marea. Y le aprietan las esposas y le da frío el caño de metal en la cara, pegado a las muelas. Y las cámaras de seguridad del banco le hacen primer plano en la sien. Y de reojo ve el auto estacionado en la puerta, agujereado a balazos. Y lo último que recuerda es cómo le molestaba el sonido de los aviones en Barrio Aeroparque, en la casa de sus viejos, el día que se escapó para comprar el arma y cuando le robó el auto en la estación de servicio al tipo de los dragones tatuados, hacía una hora y media, más o menos.

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