jueves, 16 de febrero de 2012

El observador


En Boyacá y Cervantes, donde bulle la meca del tránsito, del humo, de la histeria, donde los puesteros y artistas callejeros se entregan a la corriente fanfarria diaria de la providencia, en esa vereda sucia cataclísmica, in sito, pero a veinte pisos de altura, el observador lo detecta todo. Lanza dúctil sus ojos rapaces de telescopio sobre cada iterada existencia de cada peatón. Los mira, los escruta, los engulle, los regurgita y los vuelve a tragar. Los escupe en la mesa, escudriñando sus partes. Desmenuza sus miserables vidas, sus acciones. Nomina sus componentes. Elabora intrincadas series de nomenclaturas de comportamientos, categoriza sus humores y gesticulación, sus quironimias. Decora con abstrusos vocablos sus inefables devenires. Los ubica en el cristal, con agujas sin esterilizar, seccionados y desplegados, y tipea en la pantalla durante horas cada dato, hasta el más ridículamente irrelevante. Se ufana lo más suntuosamente posible de su nefasta colección de cosas miradas. Espiadas. De su inquisidora mayordomía. De cada alma robada con la fotografía de su mente. De esa montaña de rapiña maloliente. El ventanal que da a Boyacá le da una de sus panorámicas favoritas. La perpendicular exacta de la hormigueante romería. Se relame con lascivia anticipando quién será su mártir de hoy. Se cree entregado a lo espontáneo, a lo original. Cree tener la llave de la eterna novedad. Cree saberlo todo. Se envuelve en la vesania que decapita el tiempo y su todo abarca de pronto, lo que pasó y lo que acaecerá. Se regodea en su paráfrasis y en los veinte pisos que lo separan del suelo. Y en que su techo es el piso del mismo cielo y que nadie está más cerca de la diáfana celosía que él. Se mofa de lo fácil que es embaucarlos a todos con mecánicas fórmulas que vio masticar a sus antepasados (porque él lo ve todo). Voltea hacia su espejo de pared y contempla a un comerciante. A una señora. A un artista. A un ladrón. Se ve en todos ellos. Y los odia. Los aborrece y su odio es dragón que subrepticio da invasión al cuarto, repta por la alfombra morada, trepa las esquinas, circunda y estrangula cada hálito remilgado que expele su espíritu pernicioso. Escribe en su diario con perspicua letra, las memorias ajenas que acumula en lo más oscuro de su abyecta conciencia. Acribilla con ese palabrerío chato sus inermes páginas, las llena de basura de primera categoría. Cada puntada en el pecho de un transeúnte, veinte pisos abajo, es una macabra sonrisa de dientes y ojos, esparciéndose en su cara, como mancha de humedad, como salitre, como carroña obtusa y magullada. Una vil arruga que tapa con sus manos, porque sí, sabe que la vergüenza es el ciego verdugo y vendrá a buscarnos a todos por igual. Y agradece con hipocresía y pavor los vidrios que obturan la mirada del mundo al interior de su oficina. Las cuatro paredes que albergan su menesterosa y raquítica existencia. Las únicas testigos inválidas, sin voz, de su trágica labor. Su pléyade de semejantes. Las besa con asco y se entrega a su rutina. Con autómata y fingida pasión. Y hoy cercena a un comediante. Le adivina el pensamiento, la broma, le chupa lo hilarante. Tritura cada rastro jocoso de su número. Más tarde al cantor, al malabarista. Con ignominiosa pedantería los desacredita, escribe con furia en su pantalla "sus máscaras, sus disfraces, su triste camaleonería. Su barato farfulle...". Cuando sus dedos se entumecen, no por el calor de febrero o las horas interminables de tamborileo en su teclado, sino por la dispersión de la muchedumbre, para. Sólo entonces levanta esa vista hasta entonces imantada al suelo y mira la lontananza. Ve caer el sol en el río. Abre el cajón y se inyecta su medicina. Su anestesia nocturna, su barca de Morfeo, que lo aleje de su propia voz, de su propio tacto, de la sola oportunidad de oír su respiración si es que acaso respira. De la duda de saber si existe. Del terror de comprobar que él es uno más del montón.

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