En Boyacá y Cervantes, donde bulle la meca del tránsito,
del humo, de la histeria, donde los puesteros y artistas callejeros se entregan
a la corriente fanfarria diaria de la providencia, en esa vereda sucia
cataclísmica, in sito, pero a veinte pisos de altura, el observador lo detecta
todo. Lanza dúctil sus ojos rapaces de telescopio sobre cada iterada existencia
de cada peatón. Los mira, los escruta, los engulle, los regurgita y los vuelve
a tragar. Los escupe en la mesa, escudriñando sus partes. Desmenuza sus
miserables vidas, sus acciones. Nomina sus componentes. Elabora intrincadas
series de nomenclaturas de comportamientos, categoriza sus humores y
gesticulación, sus quironimias. Decora con abstrusos vocablos sus inefables
devenires. Los ubica en el cristal, con agujas sin esterilizar, seccionados y
desplegados, y tipea en la pantalla durante horas cada dato, hasta el más
ridículamente irrelevante. Se ufana lo más suntuosamente posible de su nefasta
colección de cosas miradas. Espiadas. De su inquisidora mayordomía. De cada
alma robada con la fotografía de su mente. De esa montaña de rapiña maloliente.
El ventanal que da a Boyacá le da una de sus panorámicas favoritas. La
perpendicular exacta de la hormigueante romería. Se relame con lascivia
anticipando quién será su mártir de hoy. Se cree entregado a lo espontáneo, a
lo original. Cree tener la llave de la eterna novedad. Cree saberlo todo. Se
envuelve en la vesania que decapita el tiempo y su todo abarca de pronto, lo
que pasó y lo que acaecerá. Se regodea en su paráfrasis y en los veinte pisos
que lo separan del suelo. Y en que su techo es el piso del mismo cielo y que
nadie está más cerca de la diáfana celosía que él. Se mofa de lo fácil que es
embaucarlos a todos con mecánicas fórmulas que vio masticar a sus antepasados
(porque él lo ve todo). Voltea hacia
su espejo de pared y contempla a un comerciante. A una señora. A un artista. A
un ladrón. Se ve en todos ellos. Y los odia. Los aborrece y su odio es dragón
que subrepticio da invasión al cuarto, repta por la alfombra morada, trepa las
esquinas, circunda y estrangula cada hálito remilgado que expele su espíritu
pernicioso. Escribe en su diario con perspicua letra, las memorias ajenas que
acumula en lo más oscuro de su abyecta conciencia. Acribilla con ese palabrerío
chato sus inermes páginas, las llena de basura de primera categoría. Cada
puntada en el pecho de un transeúnte, veinte pisos abajo, es una macabra
sonrisa de dientes y ojos, esparciéndose en su cara, como mancha de humedad,
como salitre, como carroña obtusa y magullada. Una vil arruga que tapa con sus
manos, porque sí, sabe que la vergüenza es el ciego verdugo y vendrá a
buscarnos a todos por igual. Y agradece con hipocresía y pavor los vidrios que
obturan la mirada del mundo al interior de su oficina. Las cuatro paredes que
albergan su menesterosa y raquítica existencia. Las únicas testigos inválidas,
sin voz, de su trágica labor. Su pléyade de semejantes. Las besa con asco y se
entrega a su rutina. Con autómata y fingida pasión. Y hoy cercena a un comediante.
Le adivina el pensamiento, la broma, le chupa lo hilarante. Tritura cada rastro
jocoso de su número. Más tarde al cantor, al malabarista. Con ignominiosa
pedantería los desacredita, escribe con furia en su pantalla "sus
máscaras, sus disfraces, su triste camaleonería. Su barato farfulle...".
Cuando sus dedos se entumecen, no por el calor de febrero o las horas
interminables de tamborileo en su teclado, sino por la dispersión de la
muchedumbre, para. Sólo entonces levanta esa vista hasta entonces imantada al
suelo y mira la lontananza. Ve caer el sol en el río. Abre el cajón y se inyecta su
medicina. Su anestesia nocturna, su barca de Morfeo, que lo aleje de su propia
voz, de su propio tacto, de la sola oportunidad de oír su respiración si es que
acaso respira. De la duda de saber si existe. Del terror de comprobar que él es
uno más del montón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario