Las primeras tormentas habían sido casi al pedo, salvo por los rayos perdidos. Algunos dieron en terrenos vecinos y sacudieron los campos de los alrededores. Los animales que los miraban hicieron cosas que no entendimos. Fuimos entonces y saltamos los alambrados y nos manchamos las manos con barro que había en el jardín de atrás.
Las ventanas dejaban entrar la arena y el ruido del mar que llegaban de enfrente. Cada tanto lo escuchábamos desde acá, venir volando en forma de sal o cuando nos poníamos caracoles en el oído.
Esperábamos una señal de 'vamos'. Yo agarré y tiré un ladrillo a la cabina de gas, al medidor. Entonces empezamos a prender fuego toda la casa, con trapos y bidones. Iniciamos como una guerra de bichos de luz sacados. Creíamos que el viento se lo llevaría todo y vivimos cada cosa como si no importara, como si en realidad no supiéramos nada, como si fuésemos a ser jóvenes para siempre. Tres soles de noche en el patio, con las antorchas en el pasto y los hilos de fuego que descosían el lugar. Pero más que nada nos brillaban los ojos en pena y el corazón en cada gota de nafta que caía sobre las paredes.
Los truenos, zarpados, imponentes, festejaban nuestro banquete con gritos oscuros que llenaban el mar de ecos, como una reverb infinita. Y el cielo súper oscurecido nos empezó, de a poco, a escupir su lluvia de verano por todos lados. Llovió hasta que se hizo un telón de agua interminable que llegaba hasta donde no veíamos más la playa. Y lo más loco era que llovía en todos lados menos sobre la casa.
Nos paramos en la calle, desperdigados, a mirar como todo se iba volviendo ruinas y cascotes. Las llamas alumbraban las gotas que mojaban otras casas y techos de al lado, que se entristecían bocha.
Uno de los tres soltó el palo entorchado y corrió directo hacia la montaña de fuego, como un Ícaro adolescente y frenético, a quemar todo lo que le dolía y a quemar su futuro. A irse de nosotros. Nadie quiso detenerlo. Tampoco nadie intentó seguirlo. Nos quedamos parados, agitados y hechos sopa, pero tranquilos, bajo la catarata de agua.
Uno de los dos agarró la guitarra y se puso a tocar una canción que nos habíamos escuchado cantar una cantidad de noches en el depto, en la ruta, en la playita, y en ese momento tan de no saber qué hacer.
Uno de los dos agarró la guitarra y se puso a tocar una canción que nos habíamos escuchado cantar una cantidad de noches en el depto, en la ruta, en la playita, y en ese momento tan de no saber qué hacer.
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